El penúltimo raulista vivo

Atleti campeón, se rompió la tradición

Llegaba el madridismo a esta final de Copa borracho de humildad rojiblanca, embriagado por unos números que decían que el Atleti llevaba sin ganarles desde los tiempos de María Castaña, ebrio de los mismos reportajes de siempre, los de los eternos chavales (a algunos de los cuales empezaba a salirles ya pelusilla en el labio superior) repitiendo lo de que ellos no habían visto a su equipo ganar al Real Madrid. Y donde los demás veían el reconocimiento de la infinita superioridad merengue yo, que soy muy mal pensado, veía una trampa. Y donde los demás veían un problema mental (el jueves llegamos a contactar en Futboleros con una psicóloga deportiva que nos habló de la interiorización colectiva y de todas esas cosas) yo veía un ardid. Y donde los demás veían la goleada yo veía sufrimiento. Y el sufrimiento llegó.

El sufrimiento llegó más que nada porque Cristiano está más solo arriba que Robinson Crusoe y porque Özil, que tiene muchísima calidad, no culmina cuando le toca hacerlo. La calidad de Özil, que es innegable, es de esas que mandan el balón al palo en el momento crucial del partido. Y parece que la calidad de Benzema es similar a la de su compañero alemán. Hace un rato comentaba con Pedro Martín que sin tanta calidad pero con Hugo Sánchez el Real Madrid habría ganado la final por 4-1. La calidad, como el movimiento, se demuestra andando. Cristiano, que ha superado con creces la cincuentena de goles, está siempre, siempre encara, marca siempre, siempre baja y sube siempre. Özil y Benzema, sin embargo, solo tienen mucha calidad. Si otros partidos dejaron marcado a Higuaín, que a lo mejor no tiene tanta calidad pero se deja el alma en cada jugada, el de hace un rato debería hacer reflexionar a más de uno y a más de dos sobre la calidad de algunos futbolistas de la primera plantilla. El sufrimiento llegó porque nada más cabecear a la red Ronaldo el Madrid volvió a pertrecharse atrás y el Atlético supo aprovecharlo.

Si Mourinho ha dicho que la temporada ha sido un fracaso no vendré yo, humilde plumilla, a enmendarle tan severa plana. Es cierto, la verdad es la verdad la diga Agamenón o su porquero: la temporada ha sido un fracaso. Que un equipo con un presupuesto de 500 millones de euros haya logrado únicamente, y en el principio de los tiempos, una Supercopa de España sabe a menos que poco. Es cierto que tampoco habría sabido a demasiado la Copa, cuya relevancia mengua a pasos agigantados cuando quien está a punto de ganarla es el Madrid y crece a idéntica velocidad cuando la disputan otros equipos, pero ganarla habría supuesto un broche medianamente decente a un año en el cual el equipo se descolgó demasiado pronto de la Liga y perdió unas semifinales de Champions en el partido de ida.

Rubén Amón decía el otro día que estos catorce años en blanco se habían convertido en una tradición. Pues se rompió la tradición y la interiorización colectiva del fracaso rojiblanco que suponía llevar casi tres lustros sin derrotar a su máximo rival acabó convirtiéndose en la asimilación madridista de que eso iba a ser siempre así porque sí, por una suerte de designio divino. La maldición se hizo trizas en el partido más doloroso y en el momento más inoportuno para el Madrid. Por contra, la felicidad rojiblanca debe ser a estas horas mayúscula. Cuando el reciente 1-2 liguero, en uno de los encuentros más soporíferos que recuerdo, pedí en vano que no dijeran en alto aquello de que el Madrid de los suplentes había vuelto a ganar a un Atleti titular, y advertí que Simeone, que es un pedazo de entrenador, había empezado ya a preparar la final. El Cholo ha querido escenificar incluso la importancia del partido llevándose concentrados a sus jugadores a Los Ángeles de San Rafael.

¿El árbitro?... Pues es cierto que no trató igual a Mourinho que a Simeone, que saltó y protestó tanto como él o incluso más, y que, aunque la expulsión de Cristiano fue justa, la provocó el colegiado no frenando en tiempo y hora las tarascadas que le dieron al portugués, que fueron innumerables como viene siendo habitual. Algún día tenía que explotar Ronaldo, a quien le han partido la ceja y no le han roto la espinilla de auténtico milagró ante la inacción arbitral, y ese día llegó en la final. Su gesto fue fruto de la frustración de saberse infinitamente mejor que los otros veintiún jugadores que había sobre el campo y por verse sin embargo abocado a perder una final muy importante ante un equipo inferior al suyo. Porque, y ahí reside el mérito fundamental del equipo dirigido por Simeone, convendremos entre todos que el Atlético es inferior al Madrid y, aún así, acaba de sobarle el morro en su propio campo.

España es un país con mucho canalla suelto y resulta que alguno tiene un micrófono o un periódico a su entera y plena disposición. Seguro que ya se habrá dicho a estas horas de la noche por parte de alguno de estos miserables que esto con Iker y Pepe no habría sucedido. Pero es que el canalla está de por sí inhabilitado para comprender el significado de la palabra "principio". Mourinho ha muerto deportivamente hablando con sus principios, los ha mantenido hasta el final y contra viento y marea y ahora se ve expulsado a esa isla rocosa y sin playas que se llama independencia. El advenedizo, el pelota, el veleta, el traidor no sabe distinguir entre lo que es correcto y lo que no lo es y hoy Casillas es el mejor del mundo y Pepe un fantástico central y ayer el primero se había estancado y no sabía salir por alto y el segundo era una especie de psicópata al que había que expulsar de España de inmediato. Yo, qué quieren que les diga, me sigo quedando con la isla solitaria del hombre esencialmente decente y con el carácter necesario para mantener su criterio. Aunque advierto de antemano que yo soy más raro que los ratones colorados y que lo habitual es justamente lo contrario, la jarana, la algarabía, el ruido, el frenopático.

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