El penúltimo raulista vivo

Ante la marcha de Torres

Me decepciona la escasa resistencia ofrecida por la afición atlética ante la marcha de Fernando Torres al Liverpool. No sé si podrían haber hecho mucho o poco, quizá no, pero me sorprende no encontrarme con atléticos enfadados sino con atléticos resignados, y eso es también claramente definitorio de la situación del club. Porque el Atlético de Madrid, uno de los tres grandes de España y uno de los clubes más importantes de Europa, puede provocar cualquier cosa menos resignación. Y eso es lo que parecen, atléticos resignados a perder a su jugador-franquicia, probablemente el futbolista más importante del club desde que se retirara José Eulogio Gárate.

Ante la marcha de Torres, la mayoría de aficionados colchoneros que me he ido encontrando por el camino coinciden en que será bueno para el club y también para el futbolista. Y esa, sinceramente, no me parece una explicación plausible. Se produjo mayor resistencia, por ejemplo, cuando se fue Hugo Sánchez, aunque seguro que en aquella ocasión influyó decisivamente el hecho de que el mejicano se fuera al Real Madrid, el eterno rival. Existe cierto paternalismo de la afición atlética con respecto a Torres. Dicen que hay que dejarle volar. ¿Y por qué? ¿Por qué tiene que volar Torres del Atlético de Madrid? ¿Por qué ha de aprovecharse el Liverpool de los mejores años de la vida deportiva de un futbolista que dijo, por activa y por pasiva, que para él no existía nada por encima de los sentimientos? ¿Ha de volar porque Benítez le quiera? ¿O por los millones de Hicks? No me convence.

El Atleti vende a su futbolista más importante por treinta y seis millones de euros, veinticinco de los cuales se irán en contratar a Diego Forlán y Luis García, dos jugadores más. Es cierto que en el fútbol profesional bailan todos, pero tampoco lo es menos que Torres, con su actitud y sus opiniones, quedó definido como la quintaesencia del sentimiento atlético. Tal y como dice José Miguélez, mi atleticólogo de cabecera, el mérito de Torres era quedarse; yéndose, lo pierde todo. El club es treinta y seis millones de euros más rico, pero la fuga del niño le empobrece deportiva e institucionalmente. Torres cayó en la tentación. Mordió la manzana. Podrá conquistar la Champions con el Liverpool y seguir creciendo junto al río Mersey, aunque el auténtico mérito habría consistido en seguir tirando de su Atleti hacia Europa y continuar madurando a la vera del Manzanares fetén y castizo.

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