El penúltimo raulista vivo

Amistoso pro secesión

Me pregunto qué actitud debe adoptar un periodista deportivo español con respecto a lo que sucedió ayer en el Nou Camp. Lo más cómodo –probablemente también lo más práctico– sea pasarlo todo por alto, mirar hacia otro lado y, si alguien te pregunta, contestarle con la mejor de tus sonrisas y un "fair play" a prueba de actos secesionistas que esas son cosas de políticos y que tú sólo entiendes de goles, crochés y ¡tri- tri-triples!... Lo más incómodo, y por lo tanto la única vía periodística admisible e higiénica, es no dejar pasar la oportunidad de reflexionar acerca de cómo es posible que grupos independentistas secuestren un partido de fútbol para, entre otras muchas cosas, reclamar el acercamiento de los presos etarras. Si, aprovechando la inexistente jornada liguera, un aficionado cualquiera hubiera decidido llevar ayer a su hijo al estadio con la única intención de presenciar un partido de fútbol, éste se habría encontrado con la desagradable sorpresa de ver las gradas pobladas de pancartas proetarras, enseñas suecas, ikurriñas o banderas independentistas catalanas. ¿Miramos hacia otro lado? ¿Hablamos de Capello? ¿O lo hacemos del fenomenal éxito de Fernando Alonso? ¿Qué actitud debe adoptar un periodista deportivo español? Yo creo que la actitud que debe adoptar un periodista deportivo español no difiere en absoluto de la que deben adoptar un fontanero, un panadero o un mecánico españoles. Es la misma actitud.
 
Quien espere que el secretario de lo que nos queda de Estado para lo que nos queda de Deporte intervenga en éste o cualquier otro asunto de cierto calado lo lleva claro. Suficiente tiene el fotogénico Lissavetzky con darle carpetazo a la "Operación Puerto" que, tal y como viene demostrando noche a noche la Cadena Cope, es una auténtica chapuza. Lo cierto es que Lissavetzky no hace más que recibir órdenes de su jefe, y su jefe ha declarado oficialmente que España es una nación de naciones. Es más, su jefe ha promovido el nuevo estatuto catalán que acepta a Cataluña como una nación. El argumento de Pasqual Maragall es, en ese sentido, aplastante e irrebatible: "si las Cortes aprobaron el Estatuto en el que se dice que Cataluña es una nación, para el presidente de la Generalitat las selecciones son una obviedad". ¿Quién le pone el cascabel al gato?
 
La única nota positiva que veo en todo este asunto es que, tras la polémica, después de haber estado hablando del Cataluña-Euskadi durante veinte largos días, después de toda la publicidad que lograron los de la Plataforma con el anuncio del santo niño catalanista y el demoníaco niño español, sólo 56.000 espectadores se dieron cita en el estadio del Barcelona. Cualquier intento de entrar en el libro Guinness de los récords habría llenado tres estadios Bernabéus. Y, con comida por medio, quince. Y ahora sí. Ahora hablemos de Villar, de Luis, de Alonso, de Raúl y de lo que sea menester. Habrá para todos.
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