El penúltimo raulista vivo

Alberto Corazón de León

Giacomo Agostini (quince veces campeón del mundo de motociclismo y la friolera de ciento veintidós victorias en Grandes Premios, el indiscutible número uno de todos los tiempos por delante de Valentino Rossi, nuestro admirado Ángel Nieto o Mike Hailwood) dijo el otro día que cuando él quedaba segundo le insultaban llamándole fracasado. ¡Fracasado!... ¡Agostini!... Lo peor, o lo mejor, es que, aunque no lo confiese abiertamente en esa entrevista, es probable que él se sintiera así, como un auténtico fracasado, al acabar una carrera por detrás de otro. El peso de la púrpura no es físico sino moral y ético, también estético. Un gran campeón lo es full time y sin condiciones o simplemente no es nada; aún recuerdo la imagen del gran Julio César Chávez, roto por el dolor de una mano destrozada, llorando en presencia de su hijo por la vergüenza de no poder seguir peleando en un combate de exhibición, otra pelea sin importancia al final de su carrera, el adiós imperfecto de un león que nació en Culiacán.

De Alberto Contador, Alberto Batallador, Alberto Luchador, Alberto Fajador, ha tirado a lo largo de toda esta durísima semana esa mano invisible que sujeta, primero, y empuja, más tarde, a los grandes campeones del mundo del deporte. Su embestida suicida en el Télégraphe, una acometida con tantas posibilidades de éxito final como las que podría tener el ataque de un piloto kamikaze japonés en Iwo Jima, pasará sin duda alguna a los anales de la historia del ciclismo. Créanme cuando les digo que he llegado a creer firmemente, sin que ese pensamiento haya dejado de revolotear del todo por mi cabeza, que a Alberto se le recordará más por ese intento de jaque mate que por los tres, cuatro, cinco o seis Tours que pueda acabar ganando al final de su carrera deportiva.

Consciente de las extraordinarias dificultades que el Tour de Francia de este año tenía para él, seguro de que todo el mundo iba a estar pendiende de cada una de sus pedaladas, prevenido de que el doblete era poco menos que una misión imposible, Alberto nos ha demostrado, y sobre todo se ha demostrado a sí mismo, que nada ni nadie es capaz de interponerse entre su orgullo, su casta, su raza y tres puertos de montaña, por mucho que se llamen Alpe y se apelliden D'Huez. Para él, que lo ha ganado todo, acabar quinto a tres minutos de Cadel Evans, será un premio ridículo, algo insignificante. Y quizás sienta, como probablemente sintió alguna vez Agostini, que fracasó. Se equivoca: ha triunfado de forma definitiva y total, ha triunfado sin condiciones, sin paliativos y sin dobles interpretaciones. Ha triunfado para siempre. Ha ganado, aunque él no lo crea.

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