El penúltimo raulista vivo

Al fondo a la derecha... José Mourinho

Lo que anoche dijo José Mourinho al canal 11 de la televisión de Portugal es exactamente así: se le dijo que había que evitar que el Barcelona machacase al Real Madrid, que enfrente se encontraba el mejor equipo del mundo en esos momentos y se le convenció (aunque hubo que insistir poco) para que aceptase el reto. Mourinho dice que dio el "sí, quiero" al Real Madrid porque va en su naturaleza, del mismo modo que, pese a saber que se iban a ahogar, el escorpión picó a la rana en mitad del río. Dirigir al Real Madrid siempre es un regalo, siempre es una bicoca, pero en 2010 no lo era. El Barcelona de 2010 era el de Pep Guardiola, Puyol, Xavi, Iniesta o Messi en plenitud. Entrenar al Real Madrid en ese momento y en esas circunstancias para un don nadie no suponía riesgo alguno, entrenar al Real Madrid sabiendo que lo que había que impedir es que su máximo rival le machacase sí era un problema para un entrenador del prestigio de Mourinho, que además venía de convertir en campeón de Europa al Inter de Milán más mediocre que se recuerda. Supongo que a medida que vaya pasando el tiempo el madridismo irá teniendo una idea más aproximada de la tarea que protagonizó aquí José Mourinho, que no sólo impidió que el Barcelona pasase por encima del Real Madrid sino que, además, el primer año le ganó la Copa del Rey y al siguiente se proclamó campeón de Liga. Y, lejos de resucitar, al tercer año fracasó porque todo explotó a su alrededor. ¿Por qué?... Pues porque Mourinho no es de jugadores sino de clubes y porque, siendo un hombre con una misión, pensó que nada ni nadie podía interponerse en su camino. Ni nada ni ningún nadie, por muy ilustre que fuera su apellido y muy numerosos que fueran sus cortesanos.

José Mourinho, que en esa entrevista habla elogiosísimamente del Real Madrid y que dice que tiene el mejor de los recuerdos de su paso por aquí, era el boina verde requerido para la ocasión. Pintaban bastos por aquel entonces y el Barcelona tenía el rey, el caballo y la sota, y aún así le dio la vuelta a la partida. Y yo creo que, conscientes de que Mou iba a conseguir dar el triple salto mortal con tirabuzón para acabar sumergiéndose desde una altura de mil metros en un dedal de agua, el antimadridismo cargó contra él, también el mediático, que fue a por todas. Y, aunque ya lo dije mil veces por aquel entonces, repito hoy que me parece que el madridismo no estuvo a la altura, no blindó a su entrenador, no le protegió. Lo que un sector importante del madridismo le transmitió a Mourinho es que prefería que el Real perdiera con el Barcelona tratando de jugar al fútbol como lo hacía el Barcelona y saliendo del campo dándole las gracias a Xavi que ganar como fuera, y eso no lo entendió Mourinho. No lo entendió Mou y, aunque mucho menos relevante, tampoco acabé de comprenderlo yo.

En la situación actual, y también lo he dicho, Mourinho era otra vez el hombre. Era el hombre porque Mou te hace un equipo para dos años, uno que te va a competir, integrado por jugadores que van a matar por él, que no se enamora de ninguno porque no le debe nada a nadie y que es perfectamente capaz de sentar en el banquillo al más pintado. Con Mourinho podrás jugar mejor o peor pero competirás seguro y, eso sí, es posible que la intensidad del portugués no satisfaga a todo el mundo y acabe rompiendo amistades o haciendo añicos lealtades. Puede que el único error de Mourinho consistiera en que quiso abarcar demasiado, probablemente porque se encontrara también demasiado solo. Quiso abarcar tanto que osó intentar cambiar a una afición sui generis, una afición compleja, a veces indescifrable, con cierta tendencia a la nostalgia y la mortificación y, en líneas generales, con un aire monjil. Y Mourinho tiene de monja lo que yo de cura.

Ahora, cuando las cosas van peor después de varios años yendo muy bien, hay un sector de aficionados que invoca el nombre de José Mourinho. Lo hace bajito, para que el establishment periodístico no le acuse de ultra o de nazi, que es lo que, entre otras cosas, dijeron del portugués y de quienes admiramos su trabajo. Pero a Mourinho no le desgastó eso, no le consumió que le comparasen con Bin Laden o que se dijese de él que es ese tipo de personas que atropellan a otra con el coche y se dan a la fuga; lo que deterioró a Mourinho fue la incomprensión de su tarea, que, como decía al principio, fue hercúlea: no sólo le dio la vuelta a la tortilla sino que consiguió que Guardiola pusiera pies en polvorosa huyendo a la Bundesliga. Lo que no ganará nunca Mourinho, eso sí, es el premio Princesa de Asturias de la Concordia. Ni, si todo el mundo se volviera loco de repente y alguien pensase que se lo merecería, subiría a recogerlo jamás con Xavi Hernández. Pero competir... competiría, eso seguro. Lo hizo al tute con la peor mano del mundo, cuando pintaban bastos y el Barcelona tenía el rey, el caballo y la sota. Y ganó. Así que ahora...

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