El penúltimo raulista vivo

Al final de la escalera

Parece que los creativos que han dirigido la polémica campaña publicitaria para la plataforma en favor de las selecciones deportivas catalanas, la campaña del niño santo catalanista y del endiablado niño español, han explicado que su mensaje no habría sido posible sin la utilización como actores principales de tan tiernos e inocentes infantes. A fe mía que son esos unos creativos poco creativos. El jueves hablamos en El Tirachinas con el portavoz de deportes del Partido Popular en el Congreso de los Diputados. Y, en opinión del señor Francisco Antonio González, si el proyecto de ley que entró el 8 de septiembre en el Congreso no fuera ya un proyecto de ley sino una ley con todas sus consecuencias, el spot de marras no podría ser emitido en ningún canal televisivo del territorio nacional español. Ahora, para desgracia nuestra, no sólo se emitirá sino que la plataforma en cuestión recibe además una suculenta inyección económica de la Generalitat de Cataluña.

Y que conste en acta que hablar de estos temas no es hacerlo de temas políticos. Hay compañeros míos, a quienes respeto profundamente, que afirman que ellos no saben de política. Yo tampoco sé. Si entendiera algo de política conocería, por ejemplo, qué acuerdos alcanzó el Consejo de Berlín de marzo de 1999 y por qué España se ha beneficiado de unos fondos estructurales determinados hasta 2006 y recibirá otros bien distintos cuando finalice el año en curso. Me gano la vida como periodista deportivo, lo que no significa en absoluto que sólo me interese el deporte. Hay, eso sí, periodistas deportivos, colegas míos de profesión, que prefieren pasar de puntillas por estas cuestiones, de ahí que se laven las manos afirmando que ellos no entienden de política. Y aquí, amigos míos, sólo hay que responder a una pregunta: ¿España es una nación o es una nación de naciones? Yo creo firmemente en lo primero. Y los miembros de la plataforma pro selecciones catalanas utilizan aviesamente el deporte para lograr lo segundo.

La batalla será dura. Ellos no cejarán. En "Al final de la escalera" George C. Scott se compra una casa enorme en la que vive sólo. No hay nadie más en la casa, pero del desván le llegan insistentes golpes. Por las escaleras rueda una pelota. ¿Quién se esconde al final de la escalera? George C. Scott agarra al toro por los cuernos y sube finalmente al desván. ¿Qué hacemos nosotros? ¿Subimos o bien nos quedamos abajo diciendo que no entendemos nada ni de escaleras, ni de desvanes, ni de pelotas?
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