El penúltimo raulista vivo

A Belén chiquillos

Han pasado un año, un mes y un día desde que el Fútbol Club Barcelona liderado por Ronaldinho hiciera sangre en el madridismo con aquel 0-3 que, puestos en pie, acabaron aplaudiendo los mismísimos socios del Real. A falta del buen fútbol, aquel gesto de caballerosidad dio varias veces la vuelta al mundo, convertido en una prueba irrefutable de que la afición merengue, que ya lo había visto todo y que volvía cuando algunos estaban iniciando aún el camino de ida, era sin lugar a dudas la más entendida de todo el orbe balompédico. Yo creo que hubo de todo, hubo generosidad hacia el rival y, por qué no decirlo, existió también de paso la intención de humillar y ofender a sus propios jugadores, restregándoles por la cara su tremenda inferioridad. Recuerdo que titulé aquel artículo posterior a la debacle como La caída del Imperio Romano.

Decía que han pasado un año, un mes y un día desde entonces, y también cuatro presidentes, tres entrenadores y un montón de jugadores, y hoy, casi cuatrocientos días después del histórico batacazo, aquel titular se me antoja corto. Ayer los socios madridistas volvieron a aplaudir, sí, pero en esta ocasión no fueron los goles de Ronaldinho o Eto'o los que ovacionaron sino los de Sinama, Uche y Viqueira. El del jugador nigeriano, por cierto, partiendo a Cannavaro, mondándole con un simple golpe de cintura como si de una banana italiana se tratara, es digno de repetirse en todas y cada una de las escuelas de fútbol del mundo. "Niños, se juega así". Al final del partido, el flamante Balón de Oro y FIFA World Player le entregó en prenda su camiseta a este chaval, Uche Ikechukwu, que se la llevó encantado a su casa. Ya estoy viendo la dedicatoria: "a Uche, que me hizo la 3-4-7, con mucho cariño de su amigo Fabio".

Al otro Fabio, al Fabio del banquillo, le quedan pocas coartadas. Me daba un poco de lástima oírle en la sala de prensa, y me vino entonces a la memoria aquella vieja anécdota de cuando el Madrid viajó hasta Alemania para enfrentarse al Hamburgo del inglés Kevin Keegan, un jugadorazo. El Real perdió por 5-1 y uno de los goles lo marcó, llevándose por delante todo lo que fue surgiendo a su paso, un delantero centro que se llamaba Hrubesch y que parecía recién salido del rodaje de la película Gladiator. García Remón, que era el portero merengue, se levantó, conmocionado, tras el gol, y preguntó: "¿Qué ha pasado?", a lo que Goyo Benito, con su habitual socarronería toledana, respondió esto otro: "¿Que qué ha pasado? ¡Anda, levántate Mariano que nos han metido otro!"

"¿Qué ha pasado?", le preguntó un periodista a Capello... Y Capello, sincero, respondió: "No lo sé, les preguntaré mañana". Mañana es hoy y estaría por asegurar que Capello sigue sin saber qué pasó exactamente anoche en el estadio Santiago Bernabéu. Al gato de Odessa le sucede más o menos lo mismo, y eso que habrán transcurrido al menos cuatro lustros desde que Hrubesch, aquel leñador germano, le arrollara. Lo que ha pasado es así de simple: un equipo con un presupuesto que no cubre la ficha anual de Ronaldo puso lo que hay que poner, pelotas y fútbol. Y no necesariamente por ese orden. Pareciera, como dijo el propio Michel, que los del Real estaban pensando más en las vacaciones de Navidad que en la cosa de la Liga. Pues nada, nada: a Belén pastores, a Belén chiquillos.
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