El penúltimo raulista vivo

Zidane y la próxima conjunción entre Júpiter y Saturno

La cara de Florentino Pérez era un auténtico poema, y no uno cualquiera, no, sino uno de Esquilo. Su rostro compungido no era únicamente fruto de que la noticia del adiós de Zidane le hubiera pillado (como pilló a España entera) por sorpresa sino porque la noche anterior se había dormido muy tarde y lo había hecho mal. A él, como digo, también le pilló por sorpresa la decisión del entrenador que acababa de conquistar La Decimotercera pero, eso sí, el privilegio del presidente del Real Madrid consistió en enterarse doce horas antes que el resto de los mortales. Cuando lo supo trató de convencerlo de que se quedara, fue incluso hasta su casa, pero no hubo forma: Zinedine Zidane creía que había llegado el momento de decir adiós y lo hizo, dijo adiós y, luego, se fue a Muebles La Oca. Si el francés fuera fumador podría decirse que dijo adiós y se fumó un puro. Aquello fue el remate para Florentino que tuvo que torear la marcha de Cristiano anunciada en diferido en el cesped del NSC Olimpiyskiy de Kiev y la amenaza de Gareth Bale, convertido en actor principal ante el Liverpool, de seguir los pasos del portugués. ¡Y ahora Zidane!

Nada más llegar al banquillo merengue alguien del club me definió así a Zizou: &Es más raro que un perro verde&. La opinión de esa persona sigue siendo exactamente la misma después de que el francés haya ganado todo lo que ha ganado, para él sigue siendo más raro que un perro verde. Suscribo el diagnóstico. Pero lo que en cualquier otra circunstancia sería una crítica, en el caso de Zinedine Zidane resulta hasta cierto punto elogioso porque es probable que para sobrevivir en un banquillo como ese uno tenga que ser necesariamente raro en algún sentido. Zidane lo es en muchos, es retraído, distante en ocasiones, lo mira todo con una distancia a veces excesiva y, aunque alaba siempre a sus jugadores, no tiene demasiada empatía hacia ellos. Achraf, por ejemplo, se fue del club porque Zidane no se molestó en hacerle una llamada, nunca se interesó por él. A Reguilón le pasó lo mismo. Puede que eso sea también una virtud en un club como el Madrid; Mourinho, por ejemplo, quería pringar en todas las salsas y aquello le quemó mucho antes de lo que estaba previsto. A Zidane, sin embargo, no parece quemarle nada exterior, es más un runrun interior, algo que escapa al control del resto de la humanidad. Para saber qué pasa por la cabeza de Zidane hay que estar dentro de la cabeza de Zidane, y ni siquiera eso sirve porque Zidane puede pensar una cosa un día y otra muy distinta al siguiente. Pero la ventaja que tiene hoy Florentino con respecto a aquel 31 de mayo de 2018 es que ahora al menos a nadie le sorprendería que Zidane se fuera, del mismo modo que a nadie le sorprendería tampoco que Zidane se quedase.

Lo que aún hoy sigo sin comprender es cómo narices es posible que el mejor club deportivo de la historia tenga que estar pendiente de la conjunción de Júpiter con Saturno para desvelar si su entrenador, que además tiene un año más de contrato en vigor, va a quedarse o va a irse y cuándo anunciará al mundo al buena nueva. Y cuando preguntas siempre recibes la misma respuesta: "Él es así". Ya, ya, Zidane es así, Florentino es asá, todos somos de algún modo pero eso no explica que Zizou mantenga en vilo a su jefe y amigo, y por extensión a todo el madridismo. Ahora al menos hay un recambio en la recámara que gusta a la afición, y me refiero a Raúl, pero hace tres años hubo que improvisar deprisa y corriendo y aquellos barros llevaron a Lopetegui, más tarde a Solari y, por último, de regreso a Zidane, el origen y la solución del problema que él mismo había provocado.

¿A qué espera Zinedine Zidane? O, y puesto que a la Liga le quedan tres días de vida, ¿a qué ha esperado? ¿Espera a ver cómo acaba el campeonato? ¿Se irá independientemente de si el Madrid gana o pierde la Liga? ¿O sólo se quedará si la pierde y se irá si la gana? En el segundo advenimiento de Zidane se habló de cambios, de caras nuevas, de meter la tijera... y cuando arrancó la nueva temporada nos encontramos con las mismas caras de siempre; Toshack decía que los lunes pensaba en cambiar a diez, los martes a ocho, los jueves a cuatro, los viernes a dos y que cuando llegaba el sábado decidía que tenían que jugar los mismos cabrones de siempre. Resulta que esos cabrones le ganaron a Zidane la Liga 34. No veo yo a Zidane diciéndole a Marcelo que se busque la vida, no lo veo. No le veo cogiendo en un aparte a Lucas para explicarle por qué no sigue en el club, no lo veo. Al hombre que no llamó a Achraf y que tuvo que hacerlo a rastras con Odegaard no le veo diciéndole a Varane que lo tiene que traspasar.

Zidane siempre ha contado con todos. Si hoy le preguntáramos si cuenta con James Rodríguez respondería que sí. O con Mariano. O con Bale: "¿Cuenta usted con Bale?", "Por supuesto, Bale es uno más de la plantilla". Zinedine Zidane no es de esa clase de entrenador que coge al toro por los cuernos sino del tipo que prefiere matarlo de hambre o de sed. Se sienta, sonríe, se hace el loco, responde lo que le da la gana, dice que es feliz y hasta mañana si Dios quiere. Es como la muñeca Matrioshka, un misterio dentro de otro misterio encerrado en un misterio aún mayor. El caso es que ha funcionado, sí señor. Igual fichas a un buen entrenador de fútbol, a uno como Klopp por ejemplo, y se estrella. Benítez era un obseso de la táctica y se la pegó en la primera curva. Y entonces llegó Zidane, ganó tres Copas de Europa y a la tercera se fue porque él es así. O sea, más raro que un perro verde. Por cierto, para la próxima conjunción entre Júpiter y Saturno habrá que esperar hasta 2080. Igual para entonces ya se han resuelto todos nuestros problemas, ¿verdad? ¿Seguirá Zidane para entonces?

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