El penúltimo raulista vivo

Y a mí me invade la desesperanza por Mbappé

Lo que yo no sé es si Florentino Pérez seguirá siendo o no el Lancey Howard de Cincinnati Kid, el peliculón de los años 60 de Norman Jewison. Eso es lo que yo no puedo asegurar, que el presidente del Real Madrid siga siendo el rey del juego y que, en el último segundo de la partida, vaya a sacar una escalera de color. La situación general es desde luego muy aburrida debido a la pandemia y los grandes fichajes que ha habido hasta la fecha han vuelto a ser protagonizados por los clubes Estado, que juegan con las cartas marcadas y con al anuencia de Ceferin, pero el escenario madridista es especialmente gris. El gris, que es un color al que la gente suele vincular a aspectos negativos, es una tonalidad que representa orden, responsabilidad y constancia, pero, y más aún después de un año desastroso que Zidane quiso pintar de color de rosa por un simple mecanismo de autoprotección, lo que quiere el madridismo es acción. Y yo, como decía antes, no puedo garantizar que este Florentino sea ya ese tipo de presidente. No estoy seguro de que sea aquel rey del juego que trajo en su día a Ronaldo en el último instante o que coció en su propia salsa a Daniel Levy cuando pegó un golpe en la mesa por Gareth Bale. Tampoco creo que Florentino tenga ahora una escalera de color, si acaso un par de ases.

Y, además, pareciera que el club, abonado al gris sensatez, al gris contable, no tuviera un plan B para el hipotético caso de que al final, efectivamente, el jeque convenciera a Mbappé de que el proyecto del PSG es más atractivo que el del Madrid. El futbolista quiere jugar en el Real pero no puede decir en público que se quiere marchar porque eso enfurecería definitivamente al propietario del jugador, y el Madrid sueña con Mbappé pero no es capaz de enviar un mensaje más allá del famosísimo "tranquilo" de Florentino en El Chiringuito. Y yo me pregunto, ¿y por qué razón debería estar tranquilo un madridista? ¿A santo de qué debería estar tranquilo un madridista que el 20 de julio ve cómo las grandes incorporaciones son Ceballos y el de Arroyo de la Miel? ¿Qué motivo objetivo tiene un madridista para pensar que aquel "tranquilo" era la confirmación del fichaje estelar que estaba por venir?

Por contra, y al objeto de preservar el gris sensatez, lo que ven los merengues es que su club tiene que deshacerse de Varane, que se quiere ir, para no desperdiciar la ocasión de sacar por él algo de dinero ahora que puede. El Madrid no ilusiona, es un Real Madrid vintage con Ancelotti a la cabeza, no es en absoluto el Real Madrid que volvió a prometer Florentino cuando hace poco dijo que el equipo necesitaba una profunda renovación. La gran renovación es Bale, que Barnett acaba de confirmar que se queda, y Odegaard. No hay ningún motivo objetivo para pensar que el Madrid pueda hacer cambiar de opinión al PSG salvo que dé un paso, el que sea; ni tampoco parece que el Madrid esté dispuesto a mover ficha ni por Mbappé ni por cualquier otro jugador del mundo. Es un club muy responsable, eso es cierto, y muy estable. Es un club que quiere llevarse bien con todo el mundo. Hoy diríamos que es un Real Madrid sostenible, pero hace tiempo que dejó de ser divertido. El Real Madrid ya no divierte y, cuando gana, lo hace al más puro estilo del Cholo Simeone, jugando para atrás. Y eso no es el Real Madrid, eso es el Atleti.

Después de tantos años, Mbappé se ha convertido en un futbolista trascendental, y ya no me refiero únicamente al aspecto futbolístico, que también, sino al meramente institucional. La credibilidad, eso que preocupa tanto a Florentino Pérez, también está en juego. Ningún socio o aficionado merengue le comprará al presidente la mercancía averiada de que Mbappé vendrá gratis el año que viene ni nadie puede asegurar que, ante la indefinición, el delantero no se incline al final por prorrogar su estancia en un equipo que, hoy por hoy, es mejor que el madridista. Florentino ha colocado conscientemente todos los huevos en la misma cesta, todos, y sólo aquellos que tienen una fe inquebrantable en el presidente creen que Kylian pueda venir esta misma temporada. El asunto, por lo demás, agota. Es un gris plomizo, un gris que acogota, un gris kalima, un gris bochorno porque, incluso en una situación de quiebra técnica, el madridista observa cómo Laporta, que debe hasta de callarse, se mueve: anteayer por el Kun, ayer por Depay, pronto por Messi. Al Real Madrid sólo le vuelven a cuadrar las cuentas, que esas sí que son un modelo de pulcritud, un ejemplo para pasear por Oxford, pero el fútbol es otra cosa. Los madridistas queremos rosa pero, hoy por hoy, sólo tenemos gris. Y yo ya no puedo asegurar tampoco que Florentino sea aquel Lancey Howard de Cincinnati Kid que le levantó a Figo a Joan Gaspart. Somos todos más mayores. También más grises. Y a mí me invade la desesperanza por Kylian Mbappé.

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