El penúltimo raulista vivo

Si yo fuera futbolista...

Si yo fuera futbolista me iría allá donde más dinero me pagaran, pero nunca diría que jugaría gratis en un equipo, por mucho que llevara tres lustros en él. El fútbol empezó siendo un deporte semiclandestino, luego pasó a ser un acontecimiento de masas y hace tiempo que es un negocio. Para darse cuenta de esto no hay más que echarle una ojeada a la proliferación de los representantes. Al principio ningún futbolista tenía representante; luego ningún jugador hablaba con el club si no era con su representante delante, como hacen los delincuentes con sus abogados; más tarde, y al olor del dinero fácil, los representantes empezaron a acudir al origen del futbolista, que no es otro que el niño. La UEFA tuvo que intervenir porque los representantes sin corazón se iban a África y al primer crío que veían con trazas de George Weah le echaban el lazo ofreciéndole un par de cientos y le traían a Europa; y luego, si resultaba que la mina de plata no daba ni para pipas, lo dejaban tirado en mitad de la calle y sin posibilidades de volver con sus padres. Hoy los niños no vienen al mundo con un pan debajo del brazo sino con un representante. Y los padres, que han visto cómo Raúl salió de la colonia Marconi, se pelean en los campos de tierra porque saben que ahí puede estar no sólo el beneficio de su vástago sino el suyo propio. O sea, saben que el fútbol es un negocio. Incluso nosotros hablamos de mercado de invierno o de verano, como si fuera una carnicería.

Para el único que el fútbol no es un negocio es para el aficionado medio. El seguidor, que ha heredado de su padre el amor por el color de su equipo, se sigue identificando con los once jugadores que saltan al campo. Y sufre con ellos. Y se alegra por ellos. Como si a ellos, o sea a los futbolistas, les importara un bledo lo que ocurre en la grada. Son profesionales en el sentido más negativo del término: llegan, te arreglan el grifo, cobran y se van. Antes no era así. O al menos quiero creer que no era así. El recuerdo que yo tengo del fútbol no es desde luego así. Un ex árbitro me contó una vez a propósito de un jugador que acababa de fichar por el máximo rival de su equipo y que estaba jugando su último partido en su campo de tantos años que, abroncado por la que había sido su afición, le dijo lo siguiente: "Estos a mí me van a tocar los..."

De modo que si yo fuera un futbolista de clase mundial, uno de esos cracks de primer nivel por los que se pelean todos los equipos, y lo fuera además en el fútbol actual, sí, me iría donde me pagaran más dinero, pero no engañaría a nadie, no le diría a nadie que yo jugaría gratis en tal o cual sitio o en aquel otro porque sentía mucho los colores. Hoy nadie siente los colores. O casi nadie, sigue habiendo rarísimas excepciones. Hoy todo el mundo tiene representante y cuanto más importante es el jugador menos presentable es quien negocia por él. Si yo hubiera sido un futbolista de los años 60 ó 70 sí habría podido decir que jugaría gratis en mi equipo de toda la vida porque antes era así. Gratis, gratis, no, pero muchos futbolistas firmaban en blanco. Pero eran otros tiempos, claro. Dicen que peores, yo creo que no, yo creo que eran mejores.

Todo esto para decir que no le reprocho a Sergio Ramos que se vaya al Paris Saint Germain, sólo que no haya firmado por el Sevilla para confirmar la información (cierta) que dimos en El Primer Palo sobre que tenía una oferta del equipo andaluz sobre la mesa. No le reprocho que se haya ido al PSG del mismo modo que tampoco le reproché en serio que dijera que él jugaría gratis en el Real Madrid por la sencilla razón de que jamás me lo creí. &Era una forma de hablar&, me decían. Ya. Era una forma de hablar que engatusó a mucha gente que le creyó, que pensó que lo que decía Ramos iba a misa. Yo no, yo no le creí, no le creí porque ya soy viejo. Pero muchos críos sí le creyeron, pensaron que era cierto que quería tanto al Real Madrid como para apostar por él aún a costa de perder dinero. Sólo le reprocho eso, que engañara a otros porque a mí no lo hizo. Pero humanamente le deseo por supuesto lo mejor tanto a él como a su familia.

Tampoco le reprocho que diga que el PSG es el mejor sitio para seguir soñando porque sé que está fingiendo. Finge porque en el negocio del fútbol todo el mundo lo hace y él no iba a ser menos que el resto. Sé que cuando Ramos dice que el PSG es el mejor sitio para seguir soñando está actuando, del mismo modo que sé que actuaba cuando afirmó que él jugaría gratis en el Real Madrid. El único que no actúa, el único que aún siente es el aficionado, el espectador. En la grada no hay postureo. Si yo fuera dirigente del fútbol de antaño y quisiera recuperar la esencia de este deporte me fijaría en la grada, pero me temo que los dirigentes del fútbol actual quieran acabar de rematar la faena transformando definitivamente en negocio lo que un día, no hace mucho, fue deporte. La única verdad del fútbol está en la gente que lo ve, todo lo demás es mentira. Por eso, y si yo hubiera tenido la suerte de ser un virtuoso del balón de los años 20 del siglo XXI, fingiría como hacen los demás. Y, a poder ser, contrataría al representante más impresentable que pudiera, uno que fuera a hablar con mis pretendientes en bañador y con un puro en la boca. Suerte, Sergio. De corazón te la deseo. Yo no finjo porque no sé. Y, además, como dice el maestro Alfonso Ussía, tú ya tienes la fortuna de estar representando por un francés, tu hermano René. Medio camino hecho.

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