El penúltimo raulista vivo

Si no respetamos a Santiago Ramón y Cajal, ¿por qué vamos a querer a Adama Traoré?

España siempre ha sido un país más de clubes que de selección. Cuentan los más viejos del lugar que en el partido celebrado en el estadio Santiago Bernabéu y que sirvió de homenaje al gran José Martínez Pirri, que fue 41 veces internacional, y que enfrentaba a la selección nacional con el Real Madrid, los aficionados no pararon de gritar "¡Madrid, Madrid, Madrid!" desde la grada. El hecho de que en España no se defienda tanto a la selección no debería extrañarnos tampoco demasiado puesto que protegemos aún menos a la nación que la da cobertura. Salvo momentos históricos muy puntuales, los españoles somos los ciudadanos más antiespañoles del mundo y los principales propagadores de las falsedades de la leyenda negra, cuestión ésta que ya explicó magníficamente bien y con mucho detalle la profesora María Elvira Roca Barea en su libro "Imperiofobia y leyenda negra". Ya lo dijo Otto von Bismarck: "España es el país más fuerte del mundo, los españoles llevan siglos intentanto destruirlo y no lo han conseguido". Hasta ahora, añadiría yo: Falconetti está cerca de lograrlo.

Así que si, salvo en momentos y circunstancias muy puntuales, no sentimos un cariño especial por nosotros mismos y dejamos, por ejemplo, que circule el bulo de que Hernán Cortés fue un salvaje, la reina Isabel una antisemita y la inquisición española la más furibunda de la historia o consentimos que a la gripe de 1918 se le apellide española cuando resulta que causó entre 20 y 40 millones de muertos por todo el mundo y en un solo año, lo extraordinario sería que amásemos más profundamente a la selección que a nuestra propia nación, ¿no? Es más, durante una de las épocas más brillantes de la España futbolera y con Vicente del Bosque al frente del equipo nacional, se protegió con especial celo a jugadores de reconocida tendencia separatista con tal de que éstos contribuyeran a la gloria deportiva: si hubiéramos tenido más apego a la nación que a la selección, Xavi Hernández, por ejemplo, no habría formado parte de ella aún a riesgo de no acabar siendo campeones del mundo. Nos avergonzamos de la nación, sacamos la bandera de España únicamente cuando juega la selección, consentimos que se pite el himno nacional y se insulte al rey y, para colmo, rebautizamos al equipo nacional con el absurdo apelativo de La Roja, como si la selección fuera Chile o Dolores Ibárruri, la Pasionaria, pero luego nos salen sarpullidos porque se pita a Alvarito Morata. Si un ministro de Ciencia del PSOE pretende arrebatarle al premio nacional de biología el nombre de Santiago Ramón y Cajal y al de medicina el de Gregorio Marañón, ¿por qué vamos a querer a nuestra selección? Si no protegemos a uno de nuestros dos únicos premios Nobel de Medicina ni respetamos tampoco la memoria de uno de los precursores mundiales de la endocrinología, ¿a santo de qué vamos a querer a Koke o a Adama Traoré? ¿Queréis que os diga una cosa?: Llegáis tarde al convite.

Al tradicional desapego hacia la actual selección nacional de fútbol contribuyen varios factores y no sólo el más llamativo de ellos, o sea que después de más de un siglo no juegue con España ninguno de los futbolistas del treinta y cuatro veces campeón de Liga y trece de Europa, el Real Madrid. El aficionado medio, y no sólo el madridista, se ha desenganchado de este equipo porque España no juega bien al fútbol salvo a ratos, porque esta Eurocopa con doce sedes no ayuda tampoco demasiado a la conexión y por el carácter un tanto peculiar del seleccionador, Luis Enrique Martínez Superstar. Eso explica lo de España, mal llamada La Roja, no lo de Alvarito Morata. Los pitos hacia Alvarito se explican, creo yo, porque la afición le considera un meme después de decir que él siempre soñó con jugar en el Madrid, luego con la Juve, más tarde con el Chelsea, después con el Atleti y ahora de nuevo con la Juve, y porque probablemente no sea el mejor 9 de la historia de la selección nacional. Por eso y porque el otro día, ante Suecia, falló un gol que habrían metido muchos de los que no están y alguno de los que sí fueron convocados, como por ejemplo Gerard Moreno. A Alvarito se le pitó porque aquí se pita todo y aquí se pita todo por la sencilla razón de que no se respeta a nada ni a casi nadie. Pero insisto, si mis colegas se llevaban las manos a la cabeza cuando Esperanza Aguirre sugirió que una final de Copa debería suspenderse en cuanto se pitase el himno nacional o se insultase al Rey y entonces aducían para defender los pitos a Su Majestad el artículo 20 de la Constitución, ¿a qué viene tanto revuelo con que se pite a un jugador?

Por cierto, resulta curioso observar cómo se acusa en concreto a los madridistas del desapego hacia la actual selección cuando esta circunstancia no es ni mucho menos nueva ni por supuesto es de ahora sino que se arrastra desde hace un montón de tiempo. Existe un concepto patrimonialista del equipo nacional y no gana España sino que lo hace tal o cual club. El Mundial de 2010, por ejemplo, no lo ganamos todos, no, sino sólo unos pocos; el Mundial de Sudáfrica lo ganó el Fútbol Club Barcelona porque en aquel equipo y en la alineación de aquella final contra Holanda hubo seis futbolistas culés. Aquel Mundial no lo ganaron Casillas, Capdevilla, Ramos, Xabi Alonso o David Villa, que también jugaron la final, sino única y exclusivamente Piqué, Puyol, Busquets, Xavi, Iniesta, que es de Fuentealbilla, y Pedrito, que nació en Santa Cruz de Tenerife. Si (y ojalá suceda así) España ganara la Eurocopa, ¿alguien duda de que se diría que se ganó sin la presencia de ningún futbolista del Madrid? Yo no lo dudo. Y Bismarck tampoco.

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