El penúltimo raulista vivo

Messi, Griezmann y el síndrome de Estocolmo culé

Síndrome de Estocolmo: reacción psicológica en la que la víctima de un secuestro o retención en contra de su voluntad desarrolla una reacción de complicidad y un fuerte vínculo afectivo con su captor. Salvando, por supuesto, todas las distancias, yo me pregunto: ¿es posible que no una persona sino un conjunto de personas, un colectivo, sufra este síndrome? ¿Pueden cientos de personas, miles, cientos de miles de personas estar prisioneras de algún modo no físico sino mental y, pese a ello, sentirse inconscientemente agradecidas hasta límites insospechados y estrafalarios? ¿Y un club de fútbol, es esto posible en un club de fútbol? ¿Puede un club de fútbol, uno de los más grandes del mundo, integrado por individuos altos y bajos, ricos y pobres, listos y menos listos, tener una vinculación afectiva que vaya más allá de lo estrictamente razonable con un jugador, por muy importante que éste sea, vaya a ser en el futuro o haya sido en el pasado? Yo creo que si eso puede suceder en un club de fútbol, y me parece que sí puede, está ocurriendo en el Barcelona, y creo también que, dentro de algunos años, el caso de Messi será estudiado en las facultades de psicología. Y tengo para mí que cuando Messi se vaya, si es que finalmente es esa su decisión, o cuelgue las botas, que ese día llegará indefectiblemente, se decretarán en Barcelona siete días de luto y habrá en la ciudad condal más lágrimas de las que hubo en Corea del Norte en el entierro de Kim Il-sung.

Cuando ayer, aunque aplicado al caso Ramos, decía que un club no podía entregarle las llaves del vestuario a un futbolista, me estaba refiriendo precisamente a esto. Después de las declaraciones del exrepresentante de Antoine Griezmann diciendo que Messi es el emperador, que lo controla todo y que aplica una política del terror, hubo cola para desacreditar a este hombre: que si había acabado mal con Griezmann, que si ya había desbarrado en otras ocasiones, que si se la tenía jurada a su ex representado... Nadie, o casi nadie, se preguntó si cabía la posibilidad de que Éric Olhats, que es el caballero que dirigía la carrera deportiva de Griezmann, pudiera estar diciendo la verdad. Cuando, la semana pasada, el tío de Griezmann, el entrañable Emmanuel Lopes, señaló que la relación entre su sobrino y el crack argentino podría ser mejor y que en el Barcelona se entrenaba poco porque había jugadores que no lo necesitaban y que eso le venía mal a Antoine, se inició también contra él una cacería pero, ¿dijo la verdad el señor Lopes o estaba mintiendo? ¿O no importa la verdad y sólo importa la fidelidad inquebrantable hacia el líder? Eso tiene otro nombre. Cuando, a su llegada ayer al aeropuerto del Prat, el periodista José Álvarez, compañero de El Chiringuito, le preguntó a Messi y éste dijo que estaba un poco cansado de ser el problema de todo en el club, entonces los cañones de las escopetas se giraron inmediatamente hacia Griezmann, acusado de repente y sin juicio justo ni tribunal ni prueba alguna, de ser el inductor de una campaña de desprestigio urdida desde las cloacas del Estado por el internacional francés. Pero, y de ser así, ¿estarían mintiendo las marionetas teledirigidas por el malvado Griezmann?

Si, en pleno partido, Messi se lleva la mano al muslo, tiembla el Barça. Si vomita, lo hace Barcelona. Si Messi se lesiona se resquebrajan Lérida, Gerona y Tarragona. Si, como ayer, Messi dice que está un poco cansado, Cataluña entera se colapsa. Hoy, y nosotros ayer en El Primer Palo, todo el mundo interpreta que esos diez segundos de Messi ante el micrófono de Jugones señalan sin ninguna duda a Antoine Griezmann como el cerebro gris, el señor X de una operación encaminada a difamarle. Si a Griezmann consiguieran buscarle y encontrarle con éxito las cosquillas por esto se lo tendría bien merecido, sí, pero no por traidor sino por bobo. Porque, conociendo los antecedentes de cómo saltó de ahí por los aires por ejemplo Ibrahimovic, que le da tres vueltas como jugador, sólo porque a Messi le incomodaba la competencia, uno tiene que ser muy torpe para buscarle las cosquillas a Leo, que además parece que está a punto de coger las de Villadiego. Si Antoine, que llegó como relevo del amigo íntimo de Messi a un club, una ciudad y una región que contienen la respiración ante la mera posibilidad de que la estrella se vaya a Inglaterra, quiere triunfar como culé en esas condiciones, deberá rendir pleitesía al diosito o emigrar. Si no le compensa, Griezmann debe reflexionar porque igual tampoco le vale esperar a que Messi se vaya. Con sus palabras Leo ha encendido definitivamente la mecha y, con o sin él, no parece que haya vuelta atrás. A Ibrahimovic le echaron por listo y a Griezmann le habrán echado por demasiado tonto porque hay que ser tonto, pero tonto de verdad, para mandar al bondadoso tío Emmanuel, que me recordaba al abuelito de Heidi pero sin barba, a hacer tu propio trabajo. A los asesores de Griezmann habría que decirles lo que Ladrillo le dice a uno de sus guardaespaldas en Snatch, cerdos y diamantes: "Pensar os va a traer problemas". Moraleja: no penséis.

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