El penúltimo raulista vivo

Laporta creando, Messi esperando y los abogados engordando

Desde el 1 de enero Leo Messi podría haber negociado con el equipo que le hubiera dado la gana (y a lo mejor lo ha hecho) y desde el 1 de julio ya ni siquiera pertenece al Fútbol Club Barcelona. Esto quiere decir que durante unas horas, unos días o unas semanas, si es que finalmente sigue, el Barcelona no podrá utilizar el nombre de Messi ni, por ejemplo, vender sus camisetas porque resulta que Lionel ya no pertenece al Barcelona. La renovación de Messi ha pasado por distintas fases: una inicial en la que, después de que el jugador enviase un burofax al club pidiendo salir, todo hacía indicar que, efectivamente, cuando Messi decía que quería salir es que quería salir; una segunda fase en la que, tras la salida de Bartomeu y la convocatoria de elecciones, la continuidad del futbolista argentino (que cuando al parecer dijo que quería salir no quería salir en el fondo) estuvo supeditada a la persona que saliera elegida para la presidencia (y aquí todo el mundo interpretó, y los primeros que así lo hicieron fueron los socios culés, que si el ganador era Joan Laporta la renovación era un hecho); y una tercera fase en la que todo el mundo ha interpretado que la creatividad financiera que Laporta iba a poner a los pies de los Messi iba a obrar el milagro.

Desde que eso fue así, o sea desde que se dio por hecho que Laporta renovaría sí o sí a Messi, el porcentaje de posibilidades de que éste siguiera ha ido creciendo hasta convertirse casi en un secreto a voces el hecho de que a Messi únicamente le restaba firmar al pie de un contrato que, sin embargo, aún no ha llegado. ¿Por qué no ha llegado ese contrato? ¿Cómo es posible que un club como el Barcelona no haya sido capaz de agilizarlo todo para evitar el engorro de ver cómo su futbolista franquicia se encuentra ahora mismo en el limbo? Como a Messi hay que salvarle al precio que sea, la respuesta a estas preguntas siempre ha sido la misma: él ha dicho que sí pero el contrato es complejísimo. ¿Y qué tiene de complejo y de especial el nuevo contrato de Lionel Messi con el Barcelona? ¿Es único? ¿Nunca a lo largo de la historia del deporte mundial se ha firmado un contrato así? Pues probablemente no porque nunca antes se ha firmado un contrato en el que un club quede por debajo de un jugador, por muy importante que éste sea.

La primera piedra que se encuentra el Barcelona es cómo enmascarar el hecho de que, al contrario de lo que se está diciendo, Messi no sólo no vaya a cobrar menos sino que esté próximo a percibir más o menos el mismo sueldo. Y aquí es donde entra en acción la famosa creatividad de Laporta: "Ya está, como no podemos pagarle 140 millones netos en dos años, pagémoselos en diez. Y como es evidente que Messi, que ahora tiene 34 años, no va poder estar jugando al fútbol hasta los 44, digamos que los otros ocho años va a ser embajador del Barcelona, asesor al presidente, director deportivo o imagen del club, lo primero que se nos ocurra". Pero aquí se encuentra el Barcelona con la segunda piedra, y no la filosofal precisamente, que se llama Liga y se apellida de Fútbol Profesional porque, en el hipotético caso de que se quisieran distribuir en diez años los emolumentos correspondientes a un contrato de dos, quedaría meridianamente claro que el equipo catalán estaría cometiendo un fraude de ley. La tercera piedra, que más que piedra es la roca Uluru, se llama Agencia y se apellida Tributaria, o sea Hacienda. El contrato no es complejo, no, lo que es complejo para Messi es acertar con el erario público español porque, de no hacerlo, podría incluso ingresar en prisión porque ya fue condenado en su día por un delito fiscal.

Más allá de lo esperpéntico que resulte o deje de resultar el que Messi deje de ser futbolista del Barcelona durante horas, días o semanas, la diferencia entre ampliar su contrato el 30 de junio o hacerlo el 1 de julio resultaría abismal porque de hacerlo en julio, con Messi desvinculado del Barcelona, su incorporación contaría como un nuevo fichaje, y en la situación económica del Barcelona (que es de quiebra técnica), si se quisiera fichar a Messi por 80, el equipo catalán, que supera claramente el límite salarial, se vería obligado a fichar por el veinticinco por ciento de los ahorros que generara, y esos ahorros procederían (y esto es fácil de entender) de las ventas o de las rebajas de los salarios. O lo que es lo mismo, si el Barcelona quisiera fichar a Messi por 80 millones de euros tendría que ahorrar por 320.

Decía Kant que la imaginación trabaja más activamente en las tinieblas que a plena luz. Y ahí está Joan Laporta, tratando de aplicar una fórmula imaginativa en medio de la oscuridad económica más absoluta, que es la que ha heredado de Bartomeu, que se comportó con una irresponsabilidad mayúscula, pero cuya primera piedra colocó él dándole a los jugadores todo lo que le pidieron. Laporta ganó porque se comprometió a renovar (o a fichar) a Messi, pero Leo Messi no se escapa tampoco de este retrato coral porque si el futbolista hubiera querido al Barcelona tanto como él asegura quererlo, está claro que se habría apretado más el cinturón y el club catalán habría tenido un poder de maniobra ligeramente mayor. Y es que, del mismo modo que Ramos quiere a Sergio y a Pilar y a sus hijos, Lionel quiere a Messi y a Antonella y a los suyos. Y está bien que así sea y cualquiera de nosotros lo puede entender, pero eso es incompatible con ir luego por ahí sermoneando al personal con el falsario amor a los colores. El color es el del dinero. La Liga, atenta. Hacienda, alerta. Laporta creando y Messi esperando. Y los abogados engordando. Como dijo anoche en El Chiringuito mi amigo y profesor Paco García Caridad, Florentino habría vendido a Messi. Ahora, en esta situación tan creativa, puede que sea Messi quien venda a Laporta a plazos.

A continuación