El penúltimo raulista vivo

En las nubes

Lleva insistiéndome varios días José Luis Garci, que además de un gran aficionado y conocedor del fútbol es un hombre sensatísimo, con la posibilidad de que al final no sea Koeman el que se vaya sino Laporta. Yo le digo que no lo creo, que Laporta ganó las elecciones hace sólo medio año, que barrió en las urnas porque se presentó ante sus aficionados como el nuevo ángel de la revelación, prometiéndole a todos un mundo mejor y más confortable, un futuro con Messi y hasta con Haaland, erigiéndose en el John Maynard Keynes culé, y que su orgullo probablemente le impidiera irse seis meses después de acceder al cargo. Pero, viéndolo improbable, el tiro de Garci no anda desencaminado del todo porque, más allá de que se vaya o de que se quede, apunta a Laporta como el máximo responsable de esta situación. Y, por supuesto, lo es.

Anoche, en El Primer Palo, Illie Oleart nos desvelaba, aunque sin dar los nombres, que hasta dos culés muy reconocidos estuvieron seriamente tentados de presentarse a las elecciones a la presidencia del club. Por lo que le entendí, no eran precisamente dos mindundis sino que respondían al retrato robot del típico empresario forrado y muy futbolero que, ya madurito, se aburre en la ofi y piensa en dar el salto y, al fin, cumplir su sueño. Ser presidente del Barcelona, como serlo del Madrid, es muy goloso; pasas de ser un desconocido a un personaje popular en todo el mundo. Sin embargo esos dos culés XXL preguntaron por aquí, sondearon por allá, investigaron y, por fin, decidieron frenar. Y decidieron parar porque la información que recabaron era absolutamente terrible, peor aún que la presagiada por Tusquets. ¿Qué llevó a Laporta a seguir? ¿Qué le empujó a continuar? Si todos sabíamos que iba a ganar, lo lógico es que él también lo supiera. ¿Qué le indujo a meterse del todo y por propia voluntad en la boca del león? Muy sencillo: la vanidad. Laporta es un hombre vanidoso, de verdad se cree que fue él y no los futbolistas quien ganó todos sus títulos. No dio un paso hacia adelante por barcelonismo, no, dio un paso hacia adelante por egocentrismo. Laporta pensaba que blandiendo su varita mágica transformaría la ruina económica y deportiva en un verde e ilusionante vergel. Durante un tiempo lo creyó. Y puede que el adiós de Messi fuera la bofetada de realidad que necesitaba para bajar de las nubes.

Hay un sector de barcelonismo que, sin embargo, continúa en ellas, sigue ahí arriba, a diez kilómetros del suelo. Anoche, yendo hacia la tele, hice zapping radiofónico y me topé con Jordi Martí, perioculé de la Ser, diciendo que ellos llevaban años advirtiendo la ruina que se avecinaba. Mentira. Casi nadie advirtió la ruina, que era evidente para aquel que la quisiera ver, porque a casi nadie le interesó contar la verdad en contra de la opinión mayoritaria que indicaba que era absolutamente normal pagar 140 millones por Coutinho, 120 por Griezmann o 105 por Dembéle porque las finanzas del club lo aguantaban todo. Cuando Mirotic decidió dejar la NBA para regresar a Europa se puso inmediatamente en contacto con el Real Madrid y, oficialmente informado de sus pretensiones, en el club blanco le dijeron que si estaba loco: Mirotic acabó en el Barcelona. A Neymar lo tenía atado Florentino pero, en el último instante, el brasileño optó por el club azulgrana porque allí le pusieron la morterada que el Madrid se negó a pagarle. Nadie criticó nada de eso. Es más, casi todo el mundo miró persistentemente hacia otro lado.

Otra forma de andar por las nubes es insistir en lo del ADN, que implícitamente incluye una carga de soberbia y de superioridad. El ADN, por supuesto, es una gran milonga. No es el mensaje, es el medio. De tanto repetir eso de que todos los equipos del Barça juegan a lo mismo han acabado por creérselo, como si importara cómo juegue o deje de jugar el Alevín A de Pau Moral. Johan Cruyff, además, jugó de muchas formas y no sólo de una; por ejemplo, y cuando visitaba el Bernabéu, encerrado atrás y esperando al Madrid en su área. La Masía sirve si nutre de futbolistas a la primera plantilla, si no lo hace no sirve para nada. Y que el cadete B de Carles López o el Infantil A de Isaac García jueguen a lo mismo que Guardiola no sirve si luego esos chicos no tienen proyección. Y la proyección en el fútbol depende en muchas ocasiones de la suerte, no del ADN.

Laporta no se va a ir y Koeman tampoco. Si existía una remota posibilidad de que este holandés terco como una mula de Zaandam diera un paso atrás, el presidente del Barcelona la enterró al decirle, a las primeras de cambio, que no confiaba en él y que esperase quince días hasta ver si era capaz de encontrar un entrenador de verdad. A este entrenador de mentira lo trajo Bartomeu I El Destructor, Laporta lo heredó como todo lo demás, pero pedirle a Koeman que dimita renunciando a 12 millones es como pensar que Messi iba a cobrar la mitad por amor a los colores y al pan con tomate, otra mentira. Y entre tanta mediocridad se agiganta la figura de Florentino Pérez que, a la chita callando, tiene a medio construir un estadio nuevo que será la envidia mundial y, según las cifras del tope salarial publicadas ayer, puede fichar a Mbappé y a Haaland sin despeinarse. Su quietud, su indescifrable serenidad en momentos de crisis total y ese modo suyo de caminar como si siempre se moviera sobre una de esas cintas transportadoras de los aeropuertos contrastan con el frenopático culé, todo el mundo corriendo a ninguna parte, huyendo hacia la nada y, fundamentalmente, escurriendo el bulto. Pío, pío, que yo no he sido. Y, por lo que dicen, quedan cajones por abrir. En las nubes se vivía mejor, por supuesto.

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