El penúltimo raulista vivo

Barça. Complejo. Hipocresía. Por ese orden

Anoche, en El Chiringuito, confesé que, viendo el partido del Barcelona contra el Granada, sentí envidia de los culés. No sentí envidia del Barça por un partido contra el Granada de cuartos de final de la Copa del Rey, no, sino por cómo se produjo la clasificación de los azulgrana, convirtiéndose por un momento en lo que tradicionalmente ha sido mi Real Madrid a lo largo de la historia. No me emocionó el contenido sino el continente. Al Madrid le pasaba siempre lo que al Barcelona le sucedió anoche, o sea que incluso yendo 2-0 por detrás en el marcador a falta de 3 minutos para el final del partido, había mucha gente que creía en la remontada. El Barcelona eliminó al Granada por el fútbol pero también, y yo diría que incluso más importante aún que el juego, por la casta, por el coraje, porque se desmelenó... porque creyó. Creyó que podía ganar y ganó y eso era, hasta hace bien poco, mi Real Madrid, un equipo con una fe inquebrantable.

La envidia se me pasó rápido, ¿eh?, no os vayáis a creer. Me duró justo lo que duró el viaje desde Atresmedia a mi casa. Y el Barcelona ha publicado esta mañana en su cuenta oficial de Twitter una foto que me ha hecho recordar que, por mucho que remonte un partido a lo Agustina de Aragón, siguen existiendo tres millones cuatrocientas noventa y siete mil doscientas dieciocho diferencias, ni una más ni una menos, entre el Real Madrid y el Barcelona, y en mi opinión a favor del primero. En la foto, que luego han borrado porque debe ser que alguien se ha dado cuenta de la miseria y el complejo de inferioridad que encerraba el tuit, se veía a Griezmann y Riqui Puig celebrando un gol como si estuvieran pateando una bola con un palo de golf. Y, con Bale en la memoria, en el texto decía lo siguiente: "Barcelona. Remontada. Golf. Por ese orden". Si a un empleado del Real Madrid se le hubiera ocurrido que acordarse del Barcelona después de un partidazo propio era una buena idea y que, mofándose de él, ganaría muchos retuits, al día siguiente estaba de patitas en la calle. Por eso el Real Madrid es el Real Madrid y por eso el Barça es sólo el Barça.

Luego me ha venido a la memoria el estallido de ira protagonizado ayer por Koeman cuando alguien le preguntó por las declaraciones de Di María sobre Messi y entonces he caído en la cuenta de que, además del complejo, la hipocresía también diferencia a mi Madrid del Barça. ¿Se queja de falta de respeto por parte del PSG el entrenador del equipo que organizó hasta tres comitivas distintas a París, que fueron además televisadas y transmitidas en directo todas ellas, para fichar al jugador franquicia del equipo francés? ¿En serio se queja de falta de respeto el entrenador del equipo cuyos directivos se reunieron con Marco Verratti, teniendo como tenía el centrocampista italiano contrato en vigor con el PSG? ¿De verdad me está diciendo el entrenador del equipo que tanteó a Adrien Rabiot, también con contrato en vigor, que es una falta de respeto lo del PSG? ¿No vio Koeman a Guillermo Amor en diciembre de 2017 diciéndole a la periodista Mónica Marchante que pudiera ser que hubiera algo con Griezmann, que era un futbolista que tenía contrato en vigor con el Atlético de Madrid? Aquello fue aún peor porque, cuando Amor confesó que estaban toqueteando al delantero francés, la Liga se encontraba en su ecuador y el equipo de Griezmann, o sea el Atleti, competía con el Barcelona ni más ni menos que por el título: dos por uno, reconoces que estás tratando de quitarle a su jugador más importante a un equipo con el que tiene contrato y, además, dices abiertamente que estás negociando en mitad del campeonato. ¿Respeto? ¿En serio?

¿Sabéis lo que, conociendo como conozco a Florentino Pérez, no haría jamás en la vida mi Real Madrid? Mi Real Madrid nunca le quitaría un jugador a un equipo español en plena Liga y, menos aún, si éste fuera su goleador, y menos aún si el equipo en cuestión se estuviera jugando el descenso de categoría, finalmente confirmado. Eso hizo en febrero pasado el Barcelona con el Leganés y Martin Braithwaite. Que le cuente Koeman a Javier Aguirre lo que es faltarle al respeto a un equipo. O que se lo cuente Bakambu: llegan a un acuerdo de cesión con él, se monta en un avión en China porque está jugando en el Beijing Guoan, y cuando llega a mitad de camino, a Seúl, en Corea del Sur, vía Dubai, le dicen que se dé la vuelta porque se lo han pensado mejor. Que hable Koeman con Bakambu. O, si lo prefiere, que lo haga con su antecesor en el cargo, Quique Setién. Setién tiene demandado al Barcelona porque aún no le han pagado, y si no le han pagado todavía ha sido porque el club esgrime que Setién no estaba capacitado para dirigir ese banquillo. Que le pregunte Koeman por la falta de respeto a Setién. O, si le gusta el baloncesto, puede preguntarle si no a Thomas Heurtel. A Heurtel le bajaron del autobús del equipo en plena pandemia, en un país extracomunitario y en visperas de la Nochebuena, y le dijeron que se buscara la vida: ¡Tuvo que ir a recogerlo un jugador del equipo rival! ¿Respeto? Barcelona. Complejo. Hipocresía. Por ese orden.

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