Diego Sánchez de la Cruz

Las cartas de Thatcher, Hayek y Friedman (II)

Como anunciaba la primera parte de esta serie, la concesión del Premio Nobel de Economía a Milton Friedman y Friedrich Hayek contribuyó enormemente a que Margaret Thatcher legitimase una alternativa liberal a las políticas económicas que, hasta la fecha, venía defendiendo el Partido Conservador británico.

Hayek pasó los años 30 y 40 en las islas, por lo que siempre había sentido un cariño especial por el país de la Dama de Hierro. Quizá por eso, el discípulo de Ludwig von Mises mantuvo con el paso de los años un fuerte vínculo de trabajo con el Institute of Economic Affairs, un think-tank fundado a mediados de los años 50 que constituye la principal referencia intelectual de los partidarios del laissez faire en las islas. De hecho, Hayek mantuvo una excelente relación de amistad con los dos dirigentes del IEA, Arthur Seldon y Ralph Harris. Esto se tradujo en la coordinación de numerosos informes, estudios y artículos de opinión a través de los años.

Moviéndose en esos círculos, Hayek y Thatcher estaban condenados a encontrarse. Sin embargo, la admiración de Thatcher por Hayek no era ninguna casualidad. Todo lo contrario, venía de muy atrás, cuando la Dama de Hierro apenas era una joven estudiante que se empapaba de sus lecturas durante los años de universitaria en Oxford. De hecho, Camino de servidumbre es uno de los libros que más ha influenciado el pensamiento político de la Dama de Hierro.

Cuando Thatcher fue rodeándose de colaboradores para formar gobierno, no dudó en contar con otros admiradores de Hayek. Entre ellos figura Norman Tebbit, que ocuparía el cargo de Secretario de Empleo entre 1981 y 1987. Tebbit representa a la perfección una “especie” muy presente entre los tories de Thatcher. De convicciones conservadoras en el ámbito social, su visión de la economía política sí aceptaba buena parte de los postulados liberales.

Entre las filas conservadoras, Nigel Lawson fue otro de los colaboradores directos de Thatcher que jamás ocultó su admiración por el trabajo de Hayek. En octubre de 1978, el entonces diputado y posteriormente número dos de la Dama de Hierro se mostraba emocionado tras haber recibido una carta del economista austriaco en la que Hayek aplaudía un artículo que Lawson había publicado en The Times.

La respuesta de Lawson fue igualmente elogiosa:

“Muchas gracias por su amable misiva. No hay nadie de quien una carta pueda ser más bienvenida”

EN DEFENSA DE LA CANDIDATURA DE THATCHER

Por aquel entonces, Hayek vivía en Alemania pero seguía muy de cerca la actualidad británica. Lector habitual de The Times, no dudó en escribir al editor del diario las siguientes líneas:

“Como alguien que ha dedicado una gran parte de su vida a la historia y los principios del liberalismo, quisiera subrayar que un partido que mantiene a un gobierno socialista en el poder ha perdido claramente cualquier derecho a llamarse a sí mismo Liberal. Sin duda, ningún liberal debe en el futuro votar a los autoproclamados liberales…”

Estas líneas datan de marzo de 1977 y hacían referencia al acuerdo de gobernabilidad que los liberal-demócratas británicos firmaron con el Partido Laborista para habilitar el gobierno de Callaghan. La alianza fue conocida como el Pacto Lib-Lab, y evidencia que, a la hora de conseguir que sus ideas se tradujesen en políticas públicas, Hayek confiaba más en los tories que en los autoproclamados liberales británicos.

Sin embargo, Hayek no confiaba en los conservadores británicos de manera genérica: su identificación quedaba reservada para Thatcher, Lawson y demás integrantes del círculo liberal de los tories. En defensa de esta corriente interna que poco a poco ganaba más influencia, Hayek publicó una serie de reflexiones en The Times en las que se mostró “sorprendido de que las disputas internas en el seno del Partido Conservador sean chocantes para los comentaristas británicos”. Al austriaco le parecía “inevitable que, llegados a este punto, se den genuinas diferencias en el seno de la organización”.

Así, Hayek se posicionó desde ese momento junto a Thatcher y sus partidarios. Por aquel entonces, la batalla por el liderazgo tory estaba en el aire, pero el economista austriaco quiso subrayar que la Dama de Hierro se diferenciaba de los demás conservadores porque no se preocupaba “por ganar un asiento en las próximas elecciones”.

Hayek elogiaba que Thatcher “ponía por delante las necesidades del país a largo plazo” y aplaudía que optase al liderazgo de la derecha británica con una plataforma ideológica clara, determinada y firme en torno a valores como los que él había defendido durante tantos años. El final de su misiva animaba nuevamente a Thatcher afirmando que “el mundo pertenece a los valientes, no a los tímidos“.

La tercera entrega de la serie detalla la relación entre Hayek y Thatcher una vez la Dama de Hierro llegó al poder. Pueden leerla haciendo click aquí. Posteriores entregas profundizarán en el trato que ambos mantuvieron durante años.

Más adelante, nos adentraremos en la influencia de Milton Friedman en los gobiernos de Thatcher, y finalmente analizaremos las interacciones entre los tres protagonistas de la serie.

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