Atlética Legión

Sevilla no tiene pérdida

Al entrañable Paul Atónito -doctorado en viveza y despabilador de ingenuos- le huele a chamusquina que quienes ayer mismo ninguneaban al Atleti, hoy por hoy se hagan lenguas celebrando sus méritos. Le escaman tantas mieles después de tantas hieles; tal rataplán mediático donde habita el silencio. Y se malicia, por lo visto, o por lo entrevisto al menos, que tras el inhabitual derroche de lisonjas e incienso, brujulea una especie de agent provocateur que aspira a sacar de punto al Cholo y a su gente.

De ahí que el amigo Atónito, inmune a los delirios del opio zalamero, ponga las cosas en su sitio y los pies en suelo. En breve se habrá cumplido un lustro desde que Simeone aterrizó en el Calderón y estableció una hoja de ruta para la travesía del desierto. Se trataba, ya saben, de poner en común la industria y el ingenio conjurando el futuro en las encrucijadas del presente. El "partido a partido" puede ser, en efecto, una sublimación del escapismo y, cargando la suerte, incluso un amuleto. Pero también, como es el caso, un ejercicio de humildad, una suerte de ascesis que conmina a sus fieles a creer sin creérselo.

Después de golear a troche y moche exorcizando al rancio espectro del día de las peñas; después de que Carrasco acreditase su solvencia como aspirante a Wonder Boy del plantel colchonero; después de que en el Don, allá en el quinto invierno, una horda de cosacos se fuese a dormir caliente; después de cuajar, en suma, una semana mágica, incontestable, excelsa, el gnomo Sampaoli nos descuajaringó el festejo. Emparedado entre la farsa de Mestalla y el sainete tragicómico que albergó el Bernabéu, el duelo de Nervión -la naumaquia, a veces- fue un homenaje al fútbol, una oda al sacrificio, un himno a la decencia.

Si hay derrotas que honran y victorias que ofenden, la que nos infligió el Sevilla lustra e ilustra al tiempo. Que al Cholo y a los suyos (al Cholo y a los nuestros) les mojaran la oreja en el fragor del aguacero es una exhortación a no prestar oídos a los arrullos de sirena. A renovar el compromiso con la exigencia y la excelencia. A convenir con Paul Atónito que "partido a partido", sin dárnoslas de nada y sin tirar cohetes, nos despegamos de la purria y aterrizamos en la élite.

Sigamos, pues, en ello y que pase el siguiente. Estrenamos derrota: que sea en hora buena. El odio es un estímulo, la bilis espolea, los arrumacos pringan y, algunos, envilecen.

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