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Tarragona: un paseo de siglos

Andar por Tarragona es un continuo y casi diría que vertiginoso viaje en el tiempo: junto a la ciudad del S XXI encontramos la modernista de principios el siglo pasado, unos pasos más allá está lo (mucho) que queda de la villa medieval y bajo estas piedras, otras aún más antiguas que nos hablan de un pasado más lejano y también más esplendoroso: la Tarraco por la que pasaban los emperadores romanos.

En pocas ocasiones una ciudad se superpone de una forma tan exacta a su pasado, no sé bien si por la importancia de éste (la Tarragona imperial tenía un tercio de la población de la actual y más de la mitad de su tamaño) o por la sujeción que suponía el cinturón amurallado.

Pero a pesar de ese amontonamiento de siglos, la Tarraco de Octavio Augusto está muy visible todavía hoy, en algunos lugares imponente y al aire libre, como en el espectacular anfiteatro junto al mar, en un excelente estado de conservación y que es una preciosa visita; en otros vemos a simple vista una parte importante de lo que fue, como las gradas del circo que se conservan no muy lejos del anfiteatro, junto al imponente Castillo del Rey y que nos dan una idea del tamaño descomunal del estadio en la antigüedad.

Y también bajo tierra vemos ese pasado, como en los subterráneos del propio circo; o en el interior de una peculiar agencia bancaria en la Plaza de la Fuente, que nos deja ver como muchos edificios de la ciudad se sustentan todavía sobre los viejos arcos romanos.

Tiene además Tarragona un aire relajado y provinciano, en el buen sentido, que a los ajetreados madrileños (o los barceloneses, que todavía están más cerca) nos resultará muy seductor: no hay demasiada gente en ningún sitio, lugares tan espléndidos como la gran muralla (por supuesto también romana) se pueden recorrer prácticamente en soledad, y la gente es amable y cercana como prácticamente no se puede ser en las ciudades grandes.

Así, además de andar entre sus impresionantes restos romanos o de recorrer las encantadoras calles de la villa medieval podremos andar por las Ramblas, que con sus puestos de flores y sus pequeños mercados imitan a sus vecinas barcelonesas pero en realidad suben hacia el mar; o acercarnos a la costa a "tocar hierro", es decir, contemplar el mar y el trajín continuo de barcos desde una típica barandilla en la que los tarraconenses han hecho desde hace décadas buena parte de su vida social.

Un poco lejana, al menos en nuestra mente; un poco olvidada, como en el caso de Ibiza del que hablábamos no hace mucho es Patrimonio de la Humanidad y tendemos a olvidarlo; Tarragona está ahí, a un golpe de AVE esperando que la visitemos y que tanto su pasado como su presente nos seduzcan.

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