Artículos de viaje

Sanlúcar: un pueblo, un río, un aroma

Llegué a Sanlúcar de Barrameda un día lluvioso y, de hecho, segundos antes de que descargase sobre nosotros –viajaba con mi mujer y mi hija– una impresionante manta de agua, de esas que te calan en los segundos que hay desde que dejas el coche y corres a la cafetería en cuya puerta has aparcado.

El lado bueno del asunto fue que, mientras nos secábamos y calentábamos con un café con leche, disfrutamos de unos cielos absolutamente espectaculares sobre un lugar tan excepcional como la desembocadura del Guadalquivir, con la arena de Bajo de Guía frente a nosotros tomando un color intenso de albero y manteniéndose sin pisar, que es lo lógico con la que estaba cayendo.

Es Sanlúcar, ahora que menciono el río, uno de esos lugares que están inconfundiblemente unidos a su emplazamiento. Me explico: es obvio que todas las ciudades están ubicadas en un lugar determinado, pero en muchos casos –pienso en Madrid, por ejemplo– podrían estar un poco más allá o un poco más acá y no dejarían de ser maravillosas u horribles, que también las hay. Sin embargo otras, piensen por ejemplo en Estambul, son inexplicables e imposibles fuera de su espacio, en este caso, el Bósforo y el Cuerno de Oro, ese punto de unión entre Europa y Asia.

Salvando las distancias, Sanlúcar es de éstas últimas: sin el río, sin la cuestas que llevan al Barrio Alto, sin la calles que se tienden hacia el agua ya en la parte baja... la ciudad no sería o sería otra.

Por otra parte, precisamente debido a ese emplazamiento la ciudad ha encontrado un espacio en la historia: de ella salió y a ella llegó la primera expedición que dio la vuelta al mundo, la famosa de Magallanes y Elcano.

Hoy un "centro de visitantes" instalado en una antigua fábrica de hielo ofrece, además de otras cosas sobre la ciudad, mucha información sobre aquella hazaña y una reproducción de la nao Victoria que hace las delicias de los pequeños de la casa.

Aroma de manzanilla

Me gustó Sanlúcar, aunque tengo que reconocerles que no tuve demasiado tiempo que dedicarle. No tanto como se merece desde luego. Pero aún así me encantaron sus calles de casas hermosas en la parte baja y más sencillas en la alta, su plazuelas en las que es tan lógico salir a tomar unas cañas o unas copas de manzanilla...

Hay, por supuesto, muchas cosas que ver allí: palacios – neomudéjares como el del ayuntamiento o renacentistas el de los duques de Medina Sidonia – conventos, iglesias...

Pero yo creo que el alma de Sanlúcar está en los elementos líquidos: además de entre las tranquilas aguas del Guadalquivir hay que buscarla en las bodegas de esta ciudad de manzanilla, esa bebida deliciosa y un tanto demoníaca –demasiado fácil de beber y demasiada resaca que sufrir – y para la que se han creado bodegas deliciosas, antiguas y bellísimas, que no están bajo tierra para que el aire del mar y del río pueda ir colmando dándole ese toque especial al vino.

Bodegas que se recorren entre un embriagador aroma a uva, a vino y vida, suave y penetrante como el propio sabor de la manzanilla. Son visitas que hay que hacer despacio, tranquilamente, dejando reposar la experiencia como el vino reposa en las barricas y paladeando

Volveré a Sanlúcar, sin duda, y trataré de hacerlo bien: con más tiempo y espero que en agosto, para poder ver las carreras de caballos en Bajo de Guía, y poder disfrutar, todavía más, de una manzanilla bien fría.

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