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Sagunto: la ciudad en la que se amontonan 23 siglos de historia

Para alguien crecido en los años 80 y 90 Sagunto era una ciudad unida a episodios turbulentos o turbios: las batallas campales por la reconversión industrial en los 80 o el disparate de la restauración del Teatro Romano años más tarde… vaya, que no le hacían demasiado buena publicidad.

Yo mismo fui víctima de esa negatividad, o quizá de la falta de información o seguramente de ambas, y nunca tuve a Sagunto en mi lista de destinos posibles hasta que hace unos años un amigo me recomendó visitarla y empecé a prestarle algo más de atención. Más tarde, investigando sobre su pasado judío creció mi interés y por fin pude visitarla poco antes del pasado verano, precisamente gracias a la Red de Juderías.

Y, como me ha pasado en tantos sitios, la principal conclusión que saqué es que debería haber ido antes. No dejen que sus viejos prejuicios decidan a dónde tienen que viajar.

23 siglos de historia

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El antiguo alto horno | C.Jordá

Curiosamente, prácticamente lo primero que vi en Sagunto fue un recuerdo de aquella Sagunto ochentera y conflictiva: el alto horno número dos, que sigue orgulloso y en pie, cerca del puerto donde el olor del mar ha sustituido hace ya tanto los gases y calores pseudoinfernales de la metalurgia.

Aún hoy es una impresionante estructura metálica que nos da una idea de la magnitud del proceso que se daba allí, que además tenía lugar no sólo en esa enorme torre circular, sino en otras dos hermanas suyas que no se conservaron para el recuerdo cuando aquel mundo acabó, allá por 1984.

Lo más curioso de ese alto horno casi de ayer mismo es ya hoy un vestigio que de alguna forma estira la línea arqueológica de la ciudad hasta practicamente el presente: del pasado prerromano a la tecnología industrial de los años 60, todo es ya historia y aún lo será más con el transcurrir de las décadas, siempre más rápido de lo que queremos creer.

Una Sagunto judía

Pero no era de esa ciudad de humos, metales y protestas la que yo iba a visitar: el motivo principal de mi viaje era sumergirme en la Sagunto judía y para ello tenía que empezar exactamente por el principio: en el coqueto Museo de Historia de la ciudad dos pequeñas láminas de plomo, con forma de suela y una inscripción que resulta casi ilegible son el primer vestigio físico de presencia judía en Hispania y son de finales del siglo I o principios del II, ahí es nada.

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El Portalet de la Sang | C.Jordá

El museo está en una bellísima casa de gótico valenciano, muy cerca de la vieja judería, a la que aún se puede entrar por el antiguo Portalet de la Sang, la única puerta original de las que permitían entrar al pequeño barrio que, como tantas aljamas en Sefarad, estaba separada del resto de la ciudad por un muro cuyo propósito era tanto proteger a los de dentro como tranquilizar a los de fuera.

Sólo una de las casas de la vieja judería conserva su fachada medieval y en ella está aún el hueco para la mezuzá. En otra hay una mezuzá moderna, apenas desgastada por las manos que entran y salen, mientras que en una tercera la reja de la ventana tiene la forma de una menorá. Detalles que contribuyen a que pasear por ese precioso barrio de calles estrechas y tranquilas sea aún más placentero y tenga más sentido.

Aún tiene Sagunto dos joyas más de su pasado hebreo, de la vida de los sefardís de la ciudad y, sobre todo, de su muerte, que obviamente no es sino otra parte de la vida. Me refiero, por supuesto, a los dos cementerios judíos que se pueden encontrar en la ladera del castillo. Uno son unas cuevas usadas durante siglos para los más variados menesteres y que ahora se cierran con rejas que reproducen motivos hebreos.

El segundo, mejor conservado, se descubrió hace poco y se ha musealizado en parte: un conjunto de pequeñas fosas justo al abrigo de la muralla que quizá son el cementerio sefardí mejor conservado de la península y, alejado del bullicio de la ciudad y de la parte más turística del castillo, no sólo es un testimonio arqueológico de gran valor, sino que también es un rincón con un encanto muy especial.

Una Sagunto romana

La mayoría de ustedes cuando piensen en la historia de Sagunto pensarán sobre todo en la ciudad romana. Es lógico que sea así aunque el estropicio que en su día se le hizo al gran teatro -un auténtico crimen patrimonial- haya arruinado el principal reclamo histórico de la ciudad.

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Lo que ha quedado del Teatro Romano | C.Jordá

Aun así, yo les recomendaría visitarlo porque todavía hay un pequeño espacio de gradas en las que los restauradores no metieron su asquerosa zarpa, porque es un testimonio gigantesco de las barbaridades que se han llegado a hacer en este país y, por último, porque incluso así es bastante impresionante.

Dos yacimientos relativamente nuevos y extremadamente interesantes son la Domus de los Peces y, sobre todo, la Vía del Pórtico, un espectacular tramo de la calzada de entrada a la ciudad y de las casas que la rodeaban que se encuentra en un estado excepcional. Ambas se pueden visitar bajo bloques de vivienda que se han construido sobre ellas, lo que me parece un ejemplo muy notable de como conservar el patrimonio sin condenar a las ciudades a la parálisis.

Y de colofón, el castillo

Por si todo lo que les he contado -y más cosas para las que no tengo espacio- no fuese suficiente, Sagunto está coronada por un impresionante castillo que es como la condensación en un espacio más reducido -aunque enorme- de todo lo que es la ciudad: un amontonamiento inaudito de capas de historia que conviven en ocasiones y en otras se superponen como las distintas troyas.

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El castillo de Sagunto | C.Jordá

Por supuesto, abundan los restos romanos, pero se mezclan con puertas medievales, baterías de cañones de la guerra contra el francés y una multitud ingente y casi inabarcable de restos y cosas.

No se pierdan, por supuesto, las vistas desde allí arriba ni tampoco el pequeño Antiquarium Epigráfico, en el que se exponen gran cantidad de inscripciones romanas y también con algunas en caracteres hebreos. Modesto en sus formas y en su presentación casi decimonónica, es un museo absolutamente delicioso y único que, además, está en el mejor sitio posible de la que probablemente es la mejor ciudad en la que podría estar. Sí, esa Sagunto de la que durante tanto tiempo no esperé nada y a la que ahora estoy deseando volver.

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