Artículos de viaje

Por qué Madrid y su Paisaje de la Luz sí merecen ser patrimonio mundial de la UNESCO

Hay una corriente de carácter español que tiene por costumbre despreciar lo propio y extasiarse ante lo ajeno, pese a que a veces no es mejor sino peor. Me parece tan rechazable como la contraria, que también existe por estos lares y que se dedica a despreciar todo lo que está más allá de la frontera, sin una mínima apreciación racional y más o menos objetiva de las cosas.

Pero de lo que suele sufrir la ciudad de Madrid es de lo primero, acrecentado además por razones políticas que ahora no vienen al caso y, no menos importante, porque la capital nunca ha tenido mucha vocación de terruño y, de un tiempo a esta parte, parece que en nuestro país sólo se puede tener una cierta vinculación sentimental con el terruño y, cuanto más reducido y encerrado en si mismo, mejor.

Así que ha tenido que venir la UNESCO a recordarnos a madrileños y españoles que tenemos una joya aquí en pleno centro de la ciudad o, mejor dicho, un conjunto de joyas que se ha empaquetado con cierta habilidad promocional y marquetiniana para convertirse en Patrimonio Mundial bajo la denominación, que no me acaba de entusiasmar, supongo que aún tengo que acostumbrarme, de Paisaje de la Luz.

Eso sí, lo dijese la UNESCO o su porquero esa parte de Madrid es una maravilla… y voy a tratar de explicarles por qué.

Atocha

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La Estación de Atocha | C.Jordá

Nuestro recorrido empieza en la Glorieta de Carlos V a la que los indígenas llamamos habitualmente "Atocha", sin que sea necesario más y aún a riesgo de confundirla con la calle que parte de la gran plaza hasta encaramarse en el centro más céntrico y elevado de la ciudad.

La razón principal de este nombre corto y familiar es la gran estación de tren que es el elemento más importante de la zona desde el punto de vista urbanístico: una de las típicas estaciones decimonónicas en la que una gran bóveda de hierro ponía fin a los caminos de hierro. Atocha, que era una estación bellísima, ha tenido la suerte de ser reformada con bastante buen gusto y no sólo está aún en funcionamiento -aunque los trenes no lleguen ya a la gran catedral abovedada- sino que sigue siendo una de las más importantes de Madrid.

Al otro lado de la calle está el espléndido edificio del Ministerio de Agricultura, una de esas fantásticas construcciones -veremos alguna más- que entre finales del siglo XIX y principios del XX elevaron Madrid a otro nivel, hicieron del gran poblachón manchego una gran capital.

Dos museos completan la zona: el Nacional de Antropología, más entrañable que impresionante; y el, este sí, imprescindible Reina Sofía, que ocupó en su día el gran Hospital General de mediados del siglo XVIII y luego ha visto crecer a su lado una colorida y llamativa ampliación del conocido arquitecto Jean Nouvel, porque al Paisaje de la Luz tampoco le falta la arquitectura del siglo XXI. Lo más importante, no obstante, es la espléndida colección de pintura y escultura que se puede ver, con todos los grandes nombres -Picasso, Miró, Dalí, Gris…- de un arte español que vivió en el siglo pasado otra edad de oro.

El Paseo del Prado

Nuestro tour por este Paisaje de la Luz seguirá su camino natural: la dirección norte que marca el Paseo del Prado donde enseguida nos encontramos con el Real Jardín Botánico y su naturaleza ordenada y clasificada, pero aún así muy bella. Como su vecino el Retiro -del que hablaremos más adelante- es un oasis de tranquilidad, y perdónenme la expresión tan manida, pero es que no se me ocurre mejor forma de describir un espacio silencioso, amable, que nos traslada más allá del ruido, el asfalto y la furia de la gran ciudad.

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El Museo del Prado | C.Jordá

Y al lado del jardín, por supuesto, lo que da sentido al conjunto y sin cuya presencia el Paisaje de la Luz y Madrid toda serían otra cosa, por supuesto peor: el Museo del Prado. No es este el momento de explicar cómo es el Prado y su valor, así que me limitaré a una única frase para que me entiendan sin necesidad de alargarme más: es el mejor museo de pintura del mundo. Punto.

Pero no es el único: ya hemos hablado del Reina Sofía y justo al otro lado de la plaza está el Thyssen, una colección espléndida, compacta y muy lectiva, una verdadera gozada y el complemento perfecto para lo que se ve en sus vecinos del Paisaje de la Luz.

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La Cibeles, símbolo de Madrid | C.Jordá

Finalmente, nuestro recorrido por el Paseo del Prado termina de la mejor forma posible: en Cibeles, una plaza impresionante con una estatua ante la que desfila la ciudad entera y sus alegrías y buena parte de sus penas. Una plaza que tiene tres edificios que podrían ser portada de otros tantos libros de arquitectura: el precioso Palacio de Linares, que hoy es la Casa América; la impresionante sede del Banco de España con su riqueza sólida y señorial; y, quizá el más espectacular, el Palacio de Telecomunicaciones -qué bonito es ese nombre viejo- que ahora da cobijo al ayuntamiento de la capital.

El Retiro

Y aún nos queda el Retiro y aún nos quedan, antes incluso, las maravillosas calles entre el Paseo y del Prado y el parque, un resumen de lo mejor que puede ser una ciudad de arquitectura cuidada y aceras tranquilas. El Madrid más lujoso, pero que se cuida mucho de ser presuntuoso.

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Calles entre el Prado y el Retiro | C.Jordá

Por supuesto, uno de los lujos de ese Madrid y de ese Paisaje de la Luz es el gran jardín cargado de historia, por el que cazaron los reyes, en el que hicieron sus fiestas y que hace ya siglo y medio que se convirtió en un espacio para disfrute de los madrileños: los nacidos aquí, los que vienen a quedarse y los que simplemente pasan un tiempo y ya con eso son uno más.

El Retiro es el frescor de sus cercanías en verano y el reloj que mide el paso de las estaciones, pero también sus monumentos pequeños o no tan pequeños, las muchas estatuas, el Palacio de Cristal con su arquitectura delicada y trasparente, el monumento a Alfonso XII y su grandeza un poco impostada, puede, pero que tan elegante queda al reflejarse sobre el estanque. Sobre todo, créanme porque lo he visto, en esas tardes de otoño o primavera cuando monumento y reflejos son bañados por la luz de los maravillosos atardeceres de Madrid, cuando el sol a punto de morir hace explotar a este Paisaje de Luz en un dorado que lo hace aún más radiante, si es que eso es posible.

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