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La Abadía de Cañas: allí donde el gótico se hace luz

Viajé hace casi un año por La Rioja en uno de esos fines de semana rápidos y con niños que no le dan a uno tiempo de ver demasiado bien nada. Sí que tuve tiempo de darme cuenta de algunas cosas: el paisaje maravilloso de colinas y viñedos, la excelente gastronomía y, cómo no, también encontramos un hueco para ver algunos lugares especiales.

Uno de ellos fue un monasterio cisterciense poco conocido o de que, al menos, yo no había tenido noticia hasta el propio viaje: la Abadía de Cañas. Tan poco conocido como que tengo que admitir que de no estar a unos 100 metros de la casa que habíamos alquilado probablemente no la habríamos visitado.

Pero hubo suerte y allí estaba la abadía esperándonos, preparada para darnos una buena sorpresa.

Y es que la Abadía de Cañas no destaca por su tamaño, ni por su ubicación en un paisaje espectacular, ni tampoco es de esas que reflejan el extraordinario nivel de riqueza que acumuló la Iglesia durante siglos (aunque tampoco da impresión de pobreza).

Sin embargo, al entrar en su iglesia nos encontramos con una de las muestras de arquitectura gótica más puras que se pueden encontrar en toda España. Esta pureza se encuentra sobre todo en el ábside del templo, construido en el S XIII mientras que otras partes del edificio tuvieron que esperar unos cientos de años a ser terminadas.

Además de su bellísima pureza de líneas, este ábside tiene otra característica muy peculiar: en sus hermosos ventanales no encontramos las tradicionales vidrieras con motivos de colores, sino unas láminas de alabastro blanco que bañan todo el interior de la izquierda de una claridad lechosa, de una blancura insólita y que hace que el gótico del lugar luzca con un toque especial, como si le aportara un plus de pureza y limpieza.

Monjas, reliquias y vírgenes

La iglesia tiene algunos detalles más dignos de mención, como el espectacular retablo que, eso sí, queda un poco más lejos de lo que nos gustaría al estar en la zona de clausura del convento, en el que por cierto sigue viviendo una pequeña comunidad de monjas cistercienses.

Y también en el resto del complejo abadiense hay cosas que merecen ser vistas: la hermosa sala capitular con el sepulcro de doña Urraca Díaz de Haro; el claustro sencillo, calmo, agradable...

Además, la Abadía dispone no de uno sino de dos museos: el primero, en la antigua cilla del convento (la zona que servía de bodega y despensa, no vean ustedes que despensa), con algunos cuadros y tallas, las segundas más interesantes que los primeros pero, la verdad, tampoco es que vayamos a encontrar grandes obras.

El segundo, mucho más divertido, es un estratosférico Museo de Reliquias en el que, con bastante delicadeza, todo hay que decirlo, se expone la imponente colección de reliquias que la Abadía ha ido reuniendo a través de los siglos.

Y cuando digo imponente es que es imponente: en ella podemos encontrar desde las herraduras del caballo de Santiago hasta varios cráneos de las 11.000 vírgenes, pasando por el imprescindible trozo de la Cruz de Cristo (yo creo que con los lignum crucis que hay por ahí se podrían hacer media docena de cruces).

Como bien se explica en el propio museo, una forma de religiosidad que tenía mucho de fe, pero también no poco de superstición y bastante de negocio. Y sobre todo, una mirada que puede resultar muy simpática al pasado del cristianismo.

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