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Gougane Barra: donde Irlanda se convierte en un cuento de hadas

Llegué a Gougane Barra bajo una lluvia fría y fina, con la niebla unos metros por encima del valle, amenazando con cubrirlo todo de un momento a otro. Puesto que uno siempre viaja como un profesional, en ese momento me preocupaba si podría sacar las fotos para hacer este reportaje, pero más allá de esa preocupación el momento era bellísimo, mágico y completamente irlandés.

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El lago de Gougane Barra | C.Jordá

Gougane Barra, es el momento de explicarlo, es un Parque Forestal Nacional que está en el Condado de Cork, en el sur de la isla, pero en el extremo oeste del condado, ya cerca de la costa más salvaje de la Irlanda y de las bellísimas penínsulas del suroeste. Fue el primer lugar del país en recibir esa distinción, lo que nos da una idea de su belleza en una isla que si de algo no se queda corta es de maravillas naturales.

En su entrada hay un pequeño lago -pequeño para los estándares irlandeses, para España no estaría nada mal- y en la orilla de este está el Gougane Barra Hotel. Allí me espera Neil Lucey, que me acompaña durante la comida y me guía después en un recorrido por la carretera en el que recorreremos el corazón del parque.

Neil es un tipo de personaje que me he encontrado bastantes veces en mis viajes y con el que siempre me encanta coincidir: aquel que no sólo ha heredado un negocio familiar -un hotel o un restaurante, puesto que hablamos de viajes- sino que con él parecen haberle transmitido una pasión que contagia todo lo que hace, incluyendo recibir a un periodista, darle de comer y pasearlo por un bellísimo entorno del que Neil no puede dejar de presumir como si todo fuese suyo, porque así es como lo siente.

Tras una sabrosa y calorífica comida -¡qué bien puede llegar a sentarte una sopa de tomate con este tiempo!- lo primero que vemos es la isla en el centro del lago en el que está la pequeña pero bonita capilla de San Finbarr, obispo de Cork, patrón de la ciudad y de toda la zona y uno de los grandes santos de Irlanda. El minúsculo oratorio no tiene mucho que ver con la gran catedral dedicada a él en la capital del condado, pero dudo que ésta tenga el encanto de la casita de piedra que se refleja en las quietas aguas del lago.

La isla en sí misma es poco más que una roca grande, y ni siquiera puede presumir del todo de ser isla puesto que está unida a la orilla por un pequeño dique artificial. En su escaso territorio, eso sí, no sólo se amontonan los árboles con una exuberancia natural llamativa incluso en Irlanda, sino que encontramos un extraño lugar levantado a principios del siglo XVIII para recordar el monasterio que había erigido San Finbarr un milenio antes. Hoy es sólo un peculiar calvario pero se adivina algún otro extraño uso en el pasado y, de nuevo, es un lugar con lo que yo definiría como un sabor evidentemente irlandés.

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El extraño calvario del siglo XVIII | C.Jordá

Si, como es mi caso, tenemos la suerte de nos acompañe un guía experto incluso veremos los restos del monasterio de San Finbarr, estos sí los auténticos aunque sólo sean unas pocas rocas. Para los interesados en las curiosidades de la historia añadiré que aquí volvía hacia Cork el santo cuando le sorprendió la muerte allá por el año 623.

¿Y si la naturaleza no fuera tan natural?

Una de las cosas sorprendentes de Gougane Barra es que es un entorno natural pero en cierta medida creado artificialmente: el parque empezó a reforestarse en los años 30 con un montón de especies diferentes, algunas autóctonas y otras foráneas.

El resultado es, para empezar, un lugar en el que resulta muy difícil adivinar la mano humana, en el que se diría que la naturaleza ha tomado el control completamente y, de hecho, lo ha hecho con una exuberancia notable: no hay un centímetro cuadrado fuera de la carretera que no esté cubierto de verde, ya sea planta, yerba o musgo.

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Uno de los riachuelos de Gougane Barra | C.Jordá

En Gougane Barra hay muchas pequeñas maravillas que visitar y, sobre todo, una red de caminos fantásticos para el senderismo. Por desgracia yo sólo puede recorrer una parte pequeña del parque porque no había tiempo para mucho más y, sobre todo, porque las condiciones meteorológicas eran tan encantadoras como complicadas, pero aún así me resultó una experiencia inolvidable a través de los bosques de árboles altísimos, de torrentes cristalinos que se deslizan río abajo en pequeñas pero ruidosas cascadas, de valles de un verde abrumador y, sobre todo, de rincones llenos de magia que parecen salir de las páginas de un viejo libro de cuentos.

Y puede que sea por la lluvia, por la niebla o por la cantidad de verde que me rodeaba y me inundaba mentalmente, pero cada minuto que pasaba allí resultaba más vívida la sensación de que no todo a mi alrededor era completamente real, y me fui de Gougane Barra fascinado, pero también con un cierto temor: que quizá si me quedaba más tiempo la magia se inviertiría y sería yo mismo el que acabaría metido en ese libro tan bellamente ilustrado del que parece haber salido este lugar.

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