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Frías: la ciudad más pequeña de España... y uno de los pueblos más bonitos

Todo en Frías parece hecho para ser hermoso, con esa gracia que tiene en algunos lugares, reconozcamos que no tantos, el orden espontáneo.

Sólo unos kilómetros antes de llegar a Frías el paisaje se estrecha y obliga a la carretera a atravesar un cañón en el que el coche se mueve entre grandes paredes de piedra, trazando curvas suaves y agradables que dejan disfrutar el entorno pese a la responsabilidad del volante.

A la derecha va siguiéndonos el río Molinar, que en un momento dado y justo tras superar una ermita de aires románicos, decide lanzarse cuesta abajo como un suicida y romperse en varias cortinas de blanco que, estruendosas, se precipitan en saltos cada vez mayores.

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Una de las cascadas de Tobera | C.Jordá

Estamos en las cascadas de Tobera y yo me acabo de quedar boquiabierto, sorprendido ante el espectáculo de la naturaleza y, sobre todo, porque ese espectáculo se produzca literalmente en mitad de un pueblito minúsculo, con las casas asomadas al ruido del alocado cauce.

Un poco más abajo un segundo salto cae sobre un pequeño remanso haciendo aún más ruido que el anterior. En el pueblo de Tobera ese fragor sordo y grave es permanente con sólo ligeras variaciones de tono e intensidad y se lo puede escuchar desde cualquier rincón de la villa. Un vecino nos comenta: "Si la cascada para -lo que ocurre en muy contadas ocasiones-, no puedo dormir".

Y después, a Frías

Sólo por el espectáculo de estas dos cascadas consecutivas valdría la pena llegar hasta este rincón de las Merindades, pero es que una vez vistas mi guía me dice: "Ahora, vamos a Frías" y sólo unos kilómetros nos separan de la que es sin duda la ciudad más pequeña de España y, también, uno de nuestros pueblos más bonitos.

Todo en Frías parece hecho para ser hermoso, con esa gracia que tiene en algunos lugares, reconozcamos que no tantos, el orden espontáneo en el que crece una población durante un periodo ya muy lejano y como después parece congelarse en el tiempo. Así, visto desde lejos el pequeño casco urbano de la ciudad -un título que ostenta con orgullo desde que se lo concediese el rey Juan II- parece estirarse desde el castillo a la iglesia en un arco lleno de belleza y no exento de cierta tensión incluso simbólica.

El pueblo no son más de tres o cuatro calles, suficiente para sus escasos 250 habitantes, pero todas valen la pena, de casas de piedra y madera, muchas de ellas ejemplos perfectos de la arquitectura tradicional castellana, de esa que ya sólo se encuentra en sitios muy concretos y que conviene cuidar como el tesoro que es.

Casas (casi) colgadas

Algunas de estas viviendas forman un frente de casas casi colgadas que se asoman al borde mismo del pequeño alto sobre el que está colgado el pueblo y son una parte importante del encanto de la vista típica de Frías.

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Casas colgadas en Frías | C.Jordá

Lo cierto es que es un conjunto impresionante con una quincena de viejas construcciones que muestran al paisaje las vigas de madera de su arquitectura popular y quizá medieval, altas y estrechas para aprovechar el espacio limitado que ofrece el pequeño cerro en el que se acomoda la villa.

Desde lo alto del castillo

En Frías y en otros pueblos de similares trazas -por ejemplo, Poza de la Sal, también en las Merindades- es obligatorio subir al castillo y otear desde lo alto el horizonte, tener la perspectiva que tenían los hombres cuando hace ya casi un milenio observaban desde allí la llegada de los amigos y, en no pocas ocasiones y más trascendentales, los enemigos.

El castillo de Frías trepa a lo más alto de la roca para que esa vista sea espléndida. A sus pies poco más que un gran patio de armas y más allá de los muros toda la villa parece tumbarse bajo la protección de su figura esbelta, un poco arrogante como convenía a su esencial función defensiva.

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El castillo de Frías | C.Jordá

Y para terminar, el puente

Si mi tiempo en Frías empezó al borde del río Molinar, terminó junto a las aguas más tranquilas del Ebro, que va tomando por aquí hechuras de río grande que necesita ser salvado por un puente grande.

Ninguno lo podría hacer con más elegancia y belleza que el puente medieval que es otro de los grandes monumentos de la ciudad. Con nueve arcos desiguales y una torre alta y sólida al mismo tiempo, su figura tiene algo de irregular, pero sin dejar de transmitir equilibrio, consistencia y seguridad.

Como casi todo lo que se puede ver en esta pequeña ciudad de las Merindades, el puente me mira desde muchos siglos atrás, pero también me emplaza a casi el mismo salto de tiempo en el futuro: de alguna forma siento que es innegable que si me pasase por allí dentro de cien, doscientos o mil años, esa imponente pasarela de piedra estaría en pie y tan bella como está ahora. Y lo mismo con Frías y su castillo y sus casas. Y lo mismo con las cascadas de Tobera que, casi seguro, seguirían acunando el sueño de unos vecinos que ya no pueden dormir sin el estruendo del salto de agua.

Carmelo Jordá ha publicado el libro Lugares generalmente distantes, en el que regoge experiencias de algunos de sus viajes.

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