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Fitur, entre el negocio y el espectáculo

La feria más importante del turismo en España se está desarrollando esta semana en Madrid y, durante el sábado y el domingo estará abierta al público en general y se llenará de fervorosos viajeros a la caza del folleto, la oferta y, sobre todo, el regalo promocional en sus más variadas formas.

Antes, de miércoles a viernes, se ha destinado al encuentro de profesionales del sector, aunque muchos se quejaban de que el control de entrada no ha sido excesivamente estricto y, de hecho, también en estos días se pueden ver jóvenes y viejecillos cargados de voluminosas bolsas y cuya relación laboral con el mundo del turismo se antoja lejana, por decirlo de una forma suave.

Por lo demás, la feria es un agotador frenesí de actos, presentaciones y stands, en la que empresas y sobre todo organismos públicos echan el resto para promocionar su producto: un país, una zona determinada, una comunidad autónoma o una ciudad.

Según la mayor parte de los comentarios escuchados, no está siendo un buen Fitur desde el punto de vista de los negocios, aunque quizá se esté todavía a tiempo de remontar en el último día de la feria. La previa resultaba algo más esperanzadora con un ligero crecimiento, aunque los datos fríos siguen hablando de un sector en crisis.

Más allá de los puros contratos, por supuesto un encuentro como este es una buena oportunidad para conocer gente, dejarse ver y "ponerle cara" a muchas personas a las que ya tratamos a través del correo o el teléfono.

Pero viendo el despliegue promocional, sobre todo el que hacen las administraciones públicas con stands descomunales, toneladas de folletos, regalos de la más variada especie (aunque lo de los regalos ya no es lo que era, cosas de la crisis) no puede uno dejar de preguntarse si todo el dinero que se invierte en este tipo de acontecimientos es realmente inversión o cae directamente en el campo del despilfarro.

Una pista de esto puede estar en la diferencia entre los despliegues de entes públicos y los de las empresas, aunque algunas grandes cadenas hoteleras o compañías aéreas han puesto en pié stands importantes, probablemente el más grande de ellos es sólo igual al más pequeño de una comunidad autónoma.

Mención aparte merecen los casos de Andalucía o Valencia, que no contentos con un stand grande han ocupado al completo uno de los pabellones de IFEMA (concretamente el 3 y el 5 que, eso sí, no son de los mayores).

En definitiva, visitar la feria deja en el observador atento una sensación extraña: por un lado es imposible dejar de reconocer la utilidad del evento, pero por el otro se encuentra toda una faceta de espectáculo que dispara los costes de una forma brutal y resulta muy difícil de justificar entre profesionales.

Y lo que está claro es que en un mundo en el que ya casi todos somos turistas, con internet y repleto de medios de comunicación en los que anunciarse y promocionarse es más que discutible que sea necesario todo el pabellón de una feria para que el público sepa que Andalucía es un lugar maravilloso al que viajar.

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