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Famara, un viaje al Lanzarote y la España del pasado

Sufriendo la "competencia" de maravillas como Timanfaya o de zonas mucho más domesticadas para el turista como Playa Blanca y alrededores, la Playa de Famara, situada al norte de Lanzarote y en su más agreste costa occidental, es un rincón poco conocido de la isla, pero precisamente por eso es quizá uno de los más encantadores.

Y desde luego es parte de ese Lanzarote salvaje que ya no es tan sencillo encontrar y, si me apuran, de una España de hace décadas que tampoco resulta ya sino una excepción en unos pocos lugares.

Trataré de explicarme: se trata de una playa de kilómetros de longitud, situada lejos de casi todo (en el sentido en el que algo puede estar lejos en una isla como Lanzarote, claro) y en la que la habitual proliferación urbanística es algo de lo que solamente habrán oído a hablar pero que, obviamente, no han experimentado: todo el rastro de la presencia humana que vemos es una pequeña urbanización de casas con un llamativo (pero discreto en la distancia) aire sesentero, una carretera cubierta a tramos por la arena y un pequeño pueblo marinero: Caleta de Famara.

La propia playa está muy lejos de lo que solemos encontrar: nada de paseos marítimos, nada de chiringuitos, ni tan siquiera espacios preparados para aparcar el coche. Y por supuesto todavía menos pasarelas de madera o duchas de agua dulce: es una playa en un estado casi salvaje en la que la única obra humana que se puede encontrar en la arena son los pequeños resguardos frente al viento que la gente construye con montoncitos de piedra y arena.

Porque esa es otra de las características de Famara: el viento constante e inmisericorde que azota la playa, levantando la arena hasta que nos picotea el rostro y cubre, como ya hemos dicho, amplios tramos de la pequeña carretera.

La otra es la sensación de inmensidad que nos rodea, no sólo por la longitud de la playa, que se pierde entre la bruma de salitre del agua y la arena, sino por los gigantescos farallones en los que termina: un impresionante acantilado que llega hasta el norte de la isla.

Así, con la vista en el mar y en el paisaje salvaje y desértico que nos rodea, acompañados nada más que por el viento, las olas y algunos grupos de surfistas... Famara es de esos pocos lugares en los que uno puede enfrentarse en soledad a un entorno impresionante y disfrutarlo al máximo, sin interferencias.

Un pueblo de los que ya no hay

Por otro lado, nuestro viaje en el tiempo puede continuar si nos acercamos a Caleta de Famara, el pequeño pueblo en el extremo más cercano de la playa. Se trata de un villa de casas blancas, marinera y tranquila.

Está tan cerca de la playa que muchas de sus calles son de la propia arena, bajo la cual quizá esté un asfalto olvidado o que puede que ni hayan llegado a tenerlo. Frente a las casas, de formas cúbicas y rectangulares, de paredes deslumbrantes de tan blancas y con puertas y ventanas de vivos colores, los coches conviven con toda naturalidad con pequeñas barcas aparcadas también en las calles y que salen a la mar a través de un minúsculo puerto que también tiene su encanto.

Unas pocas calles, un supermercado, algunas empresas especializadas en surf y dos o tres bares en los que comer papas arrugadas y pulpo completan el pequeño pueblito y hacen de él un lugar perfecto para olvidarse del mundo.

No dejen de conocerlo si tienen la oportunidad, les sorprenderá.

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