Artículos de viaje

El Museo de Bellas Artes: cultura y pintura con mayúsculas en Sevilla

Tan sólo 16 años después de la fundación del Prado en Madrid nacía en Sevilla la que pasa por ser la segunda pinacoteca española, el Museo de Bellas Artes.

Hoy en día no estoy seguro de que mantenga ese título o de si, en realidad, debemos considerar al Thyssen de Madrid como el segundo museo de pintura más importante de nuestro país.

Pero como no estamos seguros de que el Thyssen sea un museo español por los siglos de los siglos tampoco vamos a enzarzarnos en la discusión. Porque lo importante es que en la pinacoteca sevillana es más que interesante y es uno de los lugares de la capital andaluza que hay que visitar sin ninguna excusa.

Digo pinacoteca y me olvido de una parte importante, porque si la colección de pintura es buena la de escultura, más pequeña, es absolutamente impresionante: las obras de Juan Martínez Montañés valdrían por sí mismas por un museo, especialmente el tremendo Santo Domingo; pero además hay bellísimas esculturas de Juan de Mena y otro santo, en este caso un San Jerónimo (como bien ha apuntado un comentarista), que es uno de los estudios de anatomía más bellos que he visto nunca.

Pintura

Volviendo a la pintura, les tengo que explicar lo que yo denomino el "síndrome del Prado": los que conocemos bien el museo madrileño estamos acostumbrados a un nivel de calidad tal que cualquier otra cosa comparable (es decir, que se mueva en rangos similares de estilos y épocas) nos resulta poco menos que mediocre.

Antes de ofenderse, que mis lectores sevillanos piensen: es que casi nadie puede compararse con Velázquez, Goya, el Greco o Rubens en la densidad en la que estos y otros pintores similares están en el Prado. Así, recorriendo las primeras salas del Museo de Bellas Artes tuve esa sensación de "bueno, pues vale" que me ha asaltado en otros museos.

Pero entonces llegó Murillo, y después Zurbarán.

Sin los cuadros que tiene de estos dos pintores la colección del museo sería interesante, pero poco más que mediocre; con ellos es excepcional, algo digno de verse.

Casi todos los cuadros de Murillo en el Museo tienen, además, la ventaja de estar expuestos en un marco de verdad incomparable: la que era la iglesia del convento en el que está instalado el museo. Las inmaculadas cobran, en ese lugar tan propio, una vida especial que no tendrían en una sala más convencional y el efecto es sublime: uno de los mejores espacios museísticos en los que he estado nunca.

Pero mayor es todavía mi debilidad por Zurbarán, uno de los pintores más interesantes de nuestra historia, capaz de hacer del retrato de un monje todo un tratado de pintura. En otra sala muy especial encontramos tres obras maestras absolutas del pintor extremeño junto a una estatua más que apropiada de Martínez Montañés: San Bruno y Urbano II; La Virgen de las Cuevas; y San Hugo en el refectorio de los Cartujos.

Es una concentración de genio difícilmente repetible.

Lo peor del peor funcionariado

No puedo terminar mi artículo sin hablarles de una anécdota que me ocurrió en mi visita: como siempre en mis viajes en el último que hice a Sevilla no iba muy sobrado de tiempo, así que apuré las últimas horas de la tarde para conocer un museo en el que no había podido estar antes.

El horario era hasta las 20:30, así que cuando llegué (bastante antes) me puse a ver las salas teniendo esa hora como límite y ajustando a ella mi ritmo. Cuál no sería mi sorpresa cuando a las 20:10 (ni un minuto después) una de las vigilantes empezó a echar a todos los visitantes "porque iban a cerrar el museo".

Cuando protesté diciendo que el horario era hasta la media me dijeron que sí, pero que ponía bien claro que un cuarto de hora antes se desalojaban las salas "para poder cerrar a tiempo".

Por supuesto esto era mentira: lo que especifica claramente a la entrada es que la taquilla se cierra a las 20:15, pero un grupo de funcionarios vagos ha desarrollado su propio método para ahorrarse unos minutos de trabajo. Por otro lado, desde donde me encontraba hasta la puerta de salida tardé dos minutos, no es un museo gigantesco...

Y por supuesto al visitante que le den morcilla... o algo peor: mientras pedía explicaciones y me negaba a abandonar las salas (a eso de las 20:15) llegaron a avisar a seguridad.

Algo lamentable que no merece un gran museo. En cualquier caso, les recomiendo ir por la mañana, por si acaso.

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