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El Azor de Franco (¡y González!), la atracción turística más surrealista de España

Varias generaciones de españoles conocieron de la existencia de un barco llamado Azor a través del NoDo: las famosas escenas de Franco pescando tenían lugar en ese yate, que surcó los mares a la caza de los descomunales peces que, según la propaganda oficial, capturaba un Caudillo particularmente diestro en las artes de la pesca.

Otras generaciones más cercanas lo recordarán porque, en una de las decisiones más sorprendentes y políticamente incomprensibles de todos sus años como presidente (aunque psicológicamente sí era más entendible), Felipe González decidió pasar unas vacaciones a bordo. Eran tiempos de mayorías tan absolutas...

Sin embargo, lo que no todo el mundo sabe o recuerda es que el Azor sigue existiendo y que ahora está varado lejos del mar: en plena meseta y a sólo una docena de kilómetros de Burgos se puede contemplar y visitar en un lugar que resulta todo él realmente incomprensible.

La historia nació en 1992, cuando tras años de olvido el Estado decidió subastar el viejo barco para chatarra. Lo compró un empresario de hostelería – curiosamente también apellidado González – por algo más de cuatro millones de pesetas y con la idea de convertirlo en un restaurante o un pub de lujo que volviese a navegar, aunque finalmente no obtuvo los permisos para devolver el barco a la mar.

Ante la imposibilidad de llevar a cabo su primer proyecto le surgió una idea todavía más alocada: llevar el barco a Cogollos, un pueblo cerca de Burgos, y montar en torno a él un motel con las suites de Franco y Carmen Polo como principal reclamo para morbosos, pero finalmente tampoco ese proyecto se completó aunque sí su primera parte: trasladar el barco a Burgos.

Así que hoy en día, los automovilistas que circulen por las cercanías del kilómetro 222 de la A1 pueden detenerse en el restaurante El Labrador y su anexo Motel Azor y visitar lo que queda del yate que surcase orgullosamente los mares a la caza del atún con los más destacados invitados a bordo.

Subiendo al Azor

El Azor se encuentra frente a las habitaciones del motel que, como todos los establecimientos del estilo, tiene el aspecto de ser lugar de encuentros inconfesables. La estampa es absolutamente alocada.

Se puede subir al barco y recorrerlo por completo, aunque el estado de brutal abandono en el que se encuentra hace que uno no se sienta nada seguro recorriendo sus cubiertas y, sobre todo, en algunas escaleras por las que hay que andar con cuidado no sea cosa de que un mal paso o una madera un poco más podrida que el resto nos convierta en la última víctima del franquismo... y del felipismo.

Desde la parte más alta del barco la vista resulta cuanto menos chocante: por encima de las habitaciones del motel se extienden los campos castellanos suavemente ondulados y, por si queríamos que todo fuese todavía más irracional, una gran plantación de enormes molinos de viento para generar electricidad.

El estado lamentable en el que se encuentra el barco no deja de sorprendernos en cada nueva cubierta o en cada nuevo camarote en el que entremos y se diría que ha sido sometido a la tarea de demolición sistemática de una banda de vándalos. Sería lógico que el paso del tiempo y la falta de mantenimiento fuesen deteriorando partes del navío, pero hay cosas que se nota que se han destrozado a conciencia, qué divertido debe ser romper algo cuando escudas tu salvajismo en unas presuntas ideas políticas.

El abandono es tal que uno no puede ni siquiera disfrutar la sensación de estar en un lugar que ha sido histórico, que formaba parte de los sueños de muchos o las pesadillas de otros y por el que, al fin y al cabo, han pasado personajes de singular importancia en el pasado siglo.

Si algo del encantamiento podía quedar éste se rompe al contemplar las pintadas en los camarotes: "Fachas al paredón" escribió con spray un vándalo que se creerá demócrata mientras estropea la propiedad privada de otro ciudadano. En el camarote de al lado todavía es peor: el mismo cafre escribe apoyando a ETA.

En resumen la visita resulta un tanto triste, no por nostalgia del antiguo régimen o de los años más "felices" del reinado de Felipe González, sino porque por suerte o por desgracia el Azor es otro trozo de la historia de España que los españoles no hemos sabido conservar y que probablemente merecía ser guardado.

Ahora sólo es una ruina y, probablemente, la atracción turística más surrealista de España (que tampoco sé yo si atrae a mucho turismo, la verdad) , con permiso del Museo Dalí en Figueras, claro.

NO SE PIERDAN NUESTRA GALERÍA DE IMÁGENES DEL AZOR

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