Artículos de viaje

Combarro y sus mariscadoras, sabor a Galicia y a mar

Recorrer por carretera las rías gallegas es un placer sólo comparable a navegarlas en un velero silencioso. Uno va siguiendo el camino lleno de curvas, ahora en dirección al mar, ahora buscando el interior, dejando el curso del agua a un lado o al otro y viendo las bateas de los mejillones, los barcos que pasan continuamente, la islas grandes y pequeñas que salpican el litoral, la playas aquí ya allá, las personas mariscando, casi siempre mujeres...

A prácticamente todas las horas del día las rías nos ofrecen un espectáculo hermoso y cambiante, el ir y venir de las mareas y los diferentes tonos de la luz tienen como resultado un paisaje que, siendo el mismo, no tiene nada que ver de la tibieza rosada del amanecer al brillo duro del mediodía o la calidez y las sombras de la tarde: uno se pasaría el día mirándolo.

Y luego están los pueblos, claro, que se asoman al tranquilo curso del agua, en algunos casos de una forma francamente inverosímil, protegidos del paso del tiempo no se sabe si por su difícil accesibilidad, sus calles estrechas o quizá por la presencia esquiva de la ría, que bien puede ser un camino sencillo y pacífico para los marineros - y aquí todos lo son en mayor o menor medida - bien un intransitable lodazal en el que sólo las expertas mariscadoras son capaces de moverse, y aún con muchas dificultades.

Combarro es uno de estos pueblos pequeños y casi imposibles que se encuentran como escondidos entre las curvas de la carretera y la Ría de Pontevedra. Si llegamos desde el interior la panorámica nos revela el interés de lo que nos encontraremos (aunque nos seguirá sorprendiendo al recorrerlo), pero si venimos del otro lado la sorpresa, mayúscula, nos espera hasta mucho después de dejar el coche: hay que cruzar la plaza en la zona nueva, subir unos escalones de piedra y entrar en el casco viejo, tan pequeño como delicioso, seguramente uno de los más encantadores de toda Galicia.

Las estrechísimas callejuelas nos llevan entre casas y hórreos de piedra que siguen o terminan en la ría, con un suelo que en no pocos tramos no es de asfalto ni tierra sino la roca virgen sobre la que el pueblo se levanta, diríase que con una inestabilidad que lleva siglos siendo estable.

Y luego están las mariscadoras. Llegué a Combarro una mañana con el sol al otro lado de la ría, el agua y el ancho trecho de fango dejado al descubierto por la marea baja brillaban como una bandeja de plata. Sobre ella, poco más que esforzadas siluetas negras, unas decenas de mujeres se movían con dificultad, hundiéndose hasta las rodillas a cada paso, permanentemente agachadas para rescatar del fango las preciosas conchas: berberechos, almejas y no sé qué otras delicias que, viendo lo que cuestan de encontrar, se me antojaban valiosas como el oro.

Excepto por el sol, incluso bajo el brillante sol, la estampa era pura Galicia, sabía a mar, como las joyas que las mariscadoras rescatan, cavando en el barro agachadas tras cada imposible paso.

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