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Cabo San Vicente, el 'finisterre' portugués

En España asociamos con Finisterre un aura de final del mundo, de límite de lo civilizado frente a lo salvaje y lo desconocido, frente al mar abierto que sólo podía provocar temor en aquella época en la que no sabíamos qué había al otro lado, incluso si existía ese otro lado.

En Portugal es el Cabo de San Vicente el que probablemente más se asocia con esa idea, y desde luego sólo con mirar el mapa vemos por qué: en la esquina inferior del mapa y metiéndose vigorosamente en el mar, el cabo parece casi tan lejos del resto del país como de la costa africana.

Además, los barcos de los navegantes y descubridores portugueses partían de muy cerca, de Lagos (en Sagres, a unos pocos kilómetros, se habían establecido buena parte de la las infraestructuras creadas por el Infante Don Enrique para impulsar la navegación) y probablemente lo último de su tierra que veían esos hombres que partían a lo desconocido eran los altísimos acantilados del Cabo de San Vicente.

Obviamente, hoy en día ni en San Vicente ni en Finisterre se acaba el mundo: sabemos que tras ese mar que nos parece infinito hay tierras y aún continentes enteros, pero cuando uno lo visita y se va internando en la larga y yerma lengua de roca que es el Cabo San Vicente no puedes dejar de pensar en esa lejanía, en ese carácter de frontera de lo conocido.

Un lugar en el que ver la puesta de sol... y mucho más

Tiene el paisaje del Cabo San Vicente un belleza rocosa y descarnada, despoblada cabría decir. Es un lugar en el que el viento tiene una continuidad y una fuerza que he visto en pocos sitios: parece que nunca vaya a dejar de soplar y supongo que entre eso y el suelo de roca y arena prácticamente nada crece más allá de los dos palmos: encontrar un árbol en las cercanías es casi un acontecimiento excepcional.

Esa aridez, ese campo seco y casi macilento contrasta, de forma hermosa para mi gusto, con la majestuosidad de los acantilados, altísimos, y desde los que se tiene unas vistas fantásticas de un océano azul e increíblemente limpio, tanto que en algunos puntos vemos desde lo alto de la roca los fondos marinos, bajo unas aguas casi transparentes.

La secuencia de paredes y roca, sólo rota aquí y allá por pequeñas y deliciosas calas, ofrece algunos puntos impresionantes, como la vista hacia el norte desde el último punto del cabo o los acantilados junto a una antigua fortaleza que también fue por un tiempo Pousada de Portugal y ahora está abandonada.

Y por supuesto, los altos riscos son un lugar idóneo para contemplar espectaculares puestas de sol, en las que no parece haber nada entre el astro rey y nosotros. De hecho cada tarde se reúnen en las escarpadas rocas junto al faro decenas de personas, quizá centenares, a disfrutar del espectáculo de las últimas luces del día.

También está el faro, claro, como en todo cabo que se precie, en una pequeña fortaleza y pintado de blanco hasta su último piso, la linterna, coronada por una cúpula de intenso rojo, un detalle más que da colorido al paisaje, que se puede visitar y que hace este lejano y casi perdido rincón de Portugal todavía más interesante. 

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