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Bellagio, la más bella del Lago Como

Hay muchos lugares hermosos en el mundo, pero en la mayoría de ellos uno, pese a la belleza que le rodea, no siente el impulso de quedarse, no te hacen sentir en casa o, al menos, en un sitio que podría ser tu casa. El Sahara, por ejemplo, tiene paisajes abrumadores y maravillosos, pero es un lugar del que la mayoría preferimos volver.

Sin embargo, el Lago Como es uno de esos sitios en los que, además de ser bellísimo, costaría muy poco convencerte de que te quedaras, es decir, que es agradable, aplacible, hay calidad de vida e incluso se come y se bebe muy bien...

En definitiva, uno se plantearía con toda naturalidad tirar el billete de vuelta a la papelera y buscar una casita, preferiblemente en la misma orilla, para pasar por allí unos años o, quizá, el resto de las acomodadas y muelles existencias que, como millonarios, llevaríamos allí... al menos en nuestros sueños.

Un pueblo en la orilla

El Lago Como tiene junto a sus aguas una colección de pequeños pueblos realmente deliciosos de italianísimos nombres y aspecto igualmente transalpino: Menaggio; Tremezzo; Laglio, famoso ahora porque es donde George Clooney tiene sus villas; Cernobbio, donde está el famoso hotel Villa d’Este; Torno, con su historia un tanto problemática con los españoles...

Probablemente, el más famoso de todos es Bellagio, que también es de los más bonitos y tiene además una ubicación excepcional: justo en el punto en el que se unen los dos brazos inferiores del lago (que tiene una curiosa forma de Y invertida), lo que ofrece unas vistas fantásticas sobre un buen tamo de la gran extensión de agua, especialmente su ramal norte.

A Bellaggio se puede llegar por carretera, pero lo suyo es hacerlo en barco, en uno de los no demasiado caros y bastante abundantes barquitos de línea que cruzan a todas horas de una orilla a otra y admirando al llegar como el pueblo se mantiene, como en complejo equilibrio, entre la orilla y la empinada ladera en la que está ubicado.

Ya desde el barco nos daremos cuenta de que estamos llegando a un lugar excepcional: la fachada de viviendas con paredes pintadas en una cálida gama de tonos pastel, las calles escalonadas que llevan al pueblo colina arriba.

Hasta la llegada al puerto tiene algo del encanto con el que los italianos saben escenificar muchos detalles de la vida cotidiana: empleados en el barco y en tierra intercambian gritos, chistes y risas y la ceremonia de amarre parece escenificada para los turistas.

Una vez puesto el pie en tierra pasearemos por las calles, tomaremos un café (italiano y excelente, por supuesto), pasearemos arriba y abajo, contemplaremos las maravillosas vistas, nos acercaremos a los lujosos escaparates, algunos de tiendas que llevan décadas sin cambiar su decoración pero que ofrecen moda de alta gama y zapatos de a 300 euros el par...

Un par de villas...

No es Bellagio, que al cabo es un pueblecito, lugar de grandes monumentos, más bien se trata de respirar el ambiente, con ese toque de elegancia años 20, y de disfrutar de la sencilla belleza que encontramos en cada calle, en casa esquina, en cada vista sobre el lago.

Si hay, sin embargo, un lugar más o menos monumental que visitar: la bellísima Villa Melzi, un ejemplo paradigmático de la muchas casas de lujo que se construyeron en las orillas del Lago Como en los siglos XVIII y XIX y que hoy en día son refugio de millonarios de todo el mundo y, en algunos casos como en la Melzi, lugar para disfrute del turista.

No se puede visitar el interior de la Villa, pero sí es posible recorrer los hermosos y grandes jardines de estilo inglés, con una variedad más que sorprendente de árboles e incluso algunas estatuas egipcias fruto de la pasión coleccionista de uno de sus propietarios históricos.

Al otro lado del pueblo y también junto al lago está el Grand Hotel Villa Serbelloni, un cinco de estrellas de auténtico lujo que merece la pena ver: si no podemos alojarnos, que será lo más probable dado los precios por encima de los 400 euros la noche, por lo menos hay entrar y conocerlo, aunque sea sólo tomándose un café en su terraza al borde del agua.

Nuestro viaje a Bellagio puede durar sólo un día: llegamos en un barco razonablemente mañanero y, esto es importante, nos vamos al caer la tarde, cuando el sol ya se haya puesto por detrás de las montañosas orillas del lago, al sur, por la parte de Como, tiñendo las quietas aguas de un dorado brillante, hermoso, casi tan bello como esa perla al borde del agua cuyo nombre, Bellagio, nos suena a Las Vegas, aunque el original esté aquí, esperándonos desde hace siglos.

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