Artículos de viaje

Bahía de Arcachon: nostalgia del perfecto verano francés

En este mundo pandémico de coronavirus, pruebas PCR y fronteras cerradas hablar o escribir sobre viajes es, prácticamente seguro, un ejercicio de nostalgia, como también lo es hablar del verano en estos días grises de diciembre, fríos y con una luz cadavérica a la que parece costarle hasta atravesar el cristal de la habitación.

Así que me van a permitir ustedes evadirme de esta grisura coronavírica que siento que me rodea y casi me asfixia y, además, voy a pedirles que me acompañen al sol, la luz y la belleza del suroeste de Francia y su verano cálido pero suave, luminoso, dorado de arena fina, elegante, delicioso a la mesa y fuera de ella y, ay, sin mascarilla, qué tiempos aquellos.

Dos accidentes naturales

La Bahía de Arcachon es una pequeña rareza natural, un extraño mordisco que el mar parece haberle dado a la tierra y que cuando se mira en el mapa casi parece un error de impresión en la rectísima y casi perfecta costa atlántica del suroreste francés, a menos de una hora de una joya como Burdeos.

Tiene unos 150 kilómetros cuadrados de superficie, una forma curiosamente triangular, está cerrada al mar por una larga lengua de tierra en las que se encuentran unas playas solitarias y maravillosas de agua sorprendentemente tibia y es el sexto parque natural marítimo de nuestro país vecino.

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Duna de Pilat | C.Jordá

Al sur de la entrada de mar -que por lo visto tiene una de las mayores corrientes marinas del mundo gracias a lo estrecho de la boca - esta el segundo o primero, según se mire, espectáculo natural de la zona: la bellísima Duna de Pilat, que también es la mayor de Europa.

Una única duna puede parecer poca cosa, pero subiendo sus empinadas laderas realmente me sentía como en un monumento que la naturaleza se hubiese esculpido a sí misma: con más de 100 metros de altura, majestuosa, de una arena finísima y casi blanca… Es bellísima por sí misma y aún más por las vistas que nos regala: de un lado el interminable bosque de pinos de Las Landas, de un verde denso que llega más allá de donde alcanza la vista, no en vano es también el mayor de Europa Occidental, fíjense cuantos récords en un rincón tan pequeño.

Y del otro un Atlántico hermoso, de azules cambiantes y grandes bancos de arena que tenía por aquellos días un aspecto sereno y de una belleza peculiar.

Una playa interminable

Hablando de arena y mar no puedo dejar de recordar, por supuesto con nostalgia, la playa excepcional que había en la lengua de tierra que cierra la bahía. La estrecha carretera seguía la dirección perfecta de norte a sur de la pequeña península entre un bosque de pinos.

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Las inmensas playas en Cap Ferret | C.Jordá

Algunos parkings previstos para ello y otros huecos más improvisados permitían dejar el coche a la sobra y luego desde allí bastaba caminar unos minutos para llegar a una ancha e interminable lengua de arena, completamente perfecta en la que sólo se veían unos pocos bañistas alejados decenas de metros unos de otros, como guardando una amplísima distancia social, ese término tan de moda ahora.

La sensación casi de soledad, la tibieza del agua y lo salvaje de un entorno sin más construcciones que algunos refugios de la II Guerra Mundial colocan a esta playa como una de las mejores que he disfrutado en mi vida, un lujo a cinco minutos a pie que parecía estar muchísimo más lejos de la civilización.

Un toque retro

Además de sus maravillas naturales, una de las cosas que más me gustó de la zona era su aire deliciosamente anticuado, heredero directo de unas vacaciones más elegantes y estilosas que las actuales.

Es algo que se notaba en la arquitectura modesta pero con encanto de los pequeños pueblos, en las tiendas y los restaurantes o en los paseos marítimos, en especial el de Arcachon la localidad de mayor tamaño y que da nombre a la bahía.

No se trata de pueblos de una belleza deslumbrante, pero sí tienen un encanto especial, como Cap Ferret y su faro desde el que se pueden disfrutar las mejores vistas de la bahía; o como los puertos ostrícolas que se pueden encontrar en varias de las localidades de la zona.

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Las vistas desde lo alto de faro de Cap Ferret | C.Jordá

Del agua a la mesa en segundos

Puertos que en muchos casos ya son, como no, sobre todo pequeños y tranquilos centros turísticos en los que disfrutar de esos manjares de una forma muy especial: las ostras se mantienen en un especie de grandes bañeras de las que prácticamente sólo salen para saltar a la mesa del comensal.

Una botella de vino blanco y una docena de estos espectaculares moluscos se disfrutan al borde mismo del mar por precios casi irrisorios. En un ambiente auténtico, sin moderneces innecesarias ni pretenciosidades irritantes, pero eso sí, con todo el savoir faire que Francia es capaz de darte en cualquier pueblo inesperado. Y les aseguro de que este recuerdo es nostálgico ahora, sí, pero ya entonces el momento no necesitó del tiempo, el virus o el invierno para ser maravilloso.

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