Artículos de viaje

Autocaravanas: una forma diferente y muy divertida de recorrer España

No recuerdo ningún viaje que haya despertado tanto interés entre la gente a mi alrededor como el fin de semana en autocaravana que pasé con mi familia hace unos días, nunca tanta gente me había preguntado ni antes ni después de viajar. Es evidente que hay un interés en un sector del turismo que a tenor de lo que me cuentan está menos desarrollado en nuestro país que en otros, pero al que creo que espera un brillante futuro también de los Pirineos para acá.

Lo cierto es que personalmente también tenía mucha curiosidad por saber cómo sería viajar con una autocaravana, cómo se resolverían los problemas cotidianos, cómo se sentiría la falta de espacios… así que empezaré por hablarles de todo eso.

Conducir y vivir en una autocaravana

De hecho, una de las cosas que me ha resultado interesante de la experiencia es comprobar como las autocaravanas de hoy en día resuelven buena parte de esas cuestiones con la aplicación de tecnología y, sobre todo, de notables dosis de ingenio.

En nuestro caso, gracias a la amabilidad y generosidad de de Comercial Caravaning y de Erwin Hymer Group Ibérica hemos disfrutado de una Etrusco 6900, una autocaravana de gama media-alta de fabricación germano-italiana.

Lo primero que descubres es el brutal aprovechamiento del espacio: la capacidad de almacenaje en el interior –sin contar el gran "garaje" al que sólo se accede desde el exterior- es enorme y una familia de tres o cuatro miembros puede guardar sin problemas pertrechos para varios días de viaje.

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El interior de la autocaravana | Etrusco

Sería ridículo negar que en algunos momentos se viven ciertas estrecheces y que hay que ordenarse mejor de lo habitual para algunas cosas, pero al mismo tiempo servicios básicos como la cocina o la ducha son mucho más cómodos de lo esperado.

Conduciendo

Al volante me sorprendió la buena respuesta del vehículo: su motor de 130 CV permite cierta alegría en la ruta y circular sin problemas exprimiendo al máximo los límites de velocidad legales. Velocidades a las que siempre, eso sí, el confort dependerá mucho más que en un coche de la calidad del firme: es excelente si éste es bueno, pero si la carretera no está bien asfaltada la marcha, como es lógico, se hace muy incómoda y toca ir bastante más despacio.

También hay que tener más cuidado con las curvas y, sobre todo, con las rotondas, pero nada que no sea lo normal y lo que se podría esperar y, más importante, nada que nos prive del placer de una conducción diferente y divertida, cómoda y que por momentos nos hará sentir un poco como camioneros, pero sin ponernos en demasiadas dificultades.

Lo último de lo que quiero hablarle es de algunas cuestiones prácticas: calefacción, agua caliente y nevera se suministran gracias a una aparentemente inagotable reserva de butano: dos bombonas que duran muchos días de uso sin demasiados miramientos. La luz, por su parte, se toma de una batería que se carga con el motor en marcha y tampoco debe darnos problemas con un uso racional. Para el agua hay un depósito de 140 litros, la misma cantidad que se puede almacenar de "aguas grises", que son las ya usadas en la cocina, el baño y la ducha.

Finalmente, el peor trance es el que pasamos con el WC químico, que tiene que vaciarse –tiene que hacerse en un lugar especialmente dedicado a ello o en un WC- cada día y medio o dos días, aproximadamente. Se echan en falta en nuestro país más áreas de servicio para estos trámites, pero como tampoco es necesario visitarlas todos los días no llega a ser un impedimento serio para el viaje.

Una ruta

Salimos de Madrid viernes por la tarde y nos dirigimos a Medinaceli, llegamos ya de noche y con un viento siberiano recorriendo las calles del pequeño pueblecito soriano, así que pronto buscamos refugio dentro de nuestra casa con ruedas.

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Arco romano en Medinaceli | C.Jordá

A la mañana siguiente sí disfrutamos de un paseo por un pueblo tan pequeño como sorprendente y tan cargado de historia como para tener nada más y nada menos que un espectacular arco romano –lo que darían en casi cualquier lugar de Europa por uno así y éste casi ni sabemos que existe- y para ser parte del Camino del Cid.

De Medinaceli cogimos los bártulos y nos pusimos en ruta hacia el Monasterio de Piedra, un lugar que hace décadas que quería conocer. Hay allí dos visitas que, pese a ser parte del mismo conjunto, son muy diferentes: el propio monasterio en sí y el parque que lo acompaña.

El primero es muy interesante y en algunos rincones tiene mucho encanto, como en la Iglesia medio en ruinas. Hoy en día es en parte un hotel mientras que en otras zonas, como el claustro, se puede contemplar la tragedia que supuso la desamortización para el arte sacro.

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Cascada en el Monasterio de Piedra | C.Jordá

Lo segundo, el parque, es más excepcional: un paisaje único en nuestro país, al menos hasta donde yo sé, de una belleza sorprendente incluso en invierno, seguramente su momento menos espectacular. La visita, que dura unas horas si se quiere hacer bien, nos lleva por los lagos, los pequeños bosques, las grutas y, sobre todo, las cascadas, con todos los tipos y las formas y casi todas bellísimas.

Rumbo norte

Después de caminar por el parque con calma volvimos a la carretera y nos dirigimos al norte, hasta La Rioja. Allí hicimos noche en un camping –el de Fuenmayor, para más señas- para a la mañana siguiente visitar Santo Domingo de la Calzada, una de las muchas localidades históricas del Camino de Santiago.

Tiene Santo Domingo varias calles hermosas, un montón de palacios medievales y, sobre todo, una espectacular catedral en la que la gente se detiene sobre todo en contemplar la gallina y el gallo que, siguiendo la tradición, viven en el interior del templo.

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Una parada en el camino | C.Jordá

Tras dedicar la mañana a Santo Domingo y comer allí emprendemos el camino de vuelta: hasta Burgos atravesando el precioso paisaje riojano y burgalés, dejando atrás los yacimientos Atapuerca pero prometiendo volver, saludando a la maravillosa catedral desde la distancia y cogiendo ya hacia el sur la A1 y su excelente asfalto.

Sólo unos kilómetros más allá está la última parada de nuestra ruta: la preciosa ciudad de Lerma, a la que llegamos cuando el sol tiñe de dorado la vista de la carretera.

Con un conjunto monumental insólito, la Villa Ducal se me antoja otro de esos lugares idóneos para visitar en un viaje en autocaravana: no muy grande pero llena de cosas que ver, es el tipo de localidad –como lo han sido también Santo Domingo de la Calzada o Medinaceli- que podemos pasear y conocer a fondo dejando nuestro vehículo a las afueras sin que eso suponga mayor problema.

Lo bueno, realmente lo mejor del tema es que –y si lo piensan verán que tengo razón-, si de algo estamos realmente sobrados en nuestro país es de esa clase de villas históricas con las que, sin olvidar los no menos maravillosos paisajes, podemos llenar el mapa de rutas con las que disfrutar de la libertad y la diversión que nos ofrece una autocaravana y, con ella y sobre todo, de este lujo de país que es España.

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